ÍNDICE:
0. INTRODUCCIÓN – VAMOS A HACER UNA PELÍCULA.
1. PRIMERA ETAPA: LA ESCUADRILLA ESPAÑA.
1.3. MADRID – ALBACETE – VALENCIA.
1.4. ÚLTIMA ETAPA: SIERRA DE TERUEL.
1.5. BIBLIOGRAFÍA BÁSICA DISPONIBLE.
El rodaje de la mítica película Sierra de Teruel representa muchas cosas: En primer lugar, la culminación del proceso intelectual de André Malraux. Después de innumerables viajes y contactos con intelectuales, al ser consciente de la magnitud de la tragedia que se cernía sobre Europa con el surgir del fascismo, el escritor se compromete integralmente con la causa de la II República española. Son tres años frenéticos, de acción, reflexión y confraternización.
Su primera etapa, que se inicia con el golpe de estado militar en España, viene marcada por su decisiva colaboración para la adquisición de aviones de combate, que se agrupan en la Escuadrilla España. Es lo analizado en esta primera parte: la puesta en práctica de su convencimiento de que toda experiencia ha de cristalizar en acción. Para él “pensar en lo que debiera ser en lugar de pensar en lo que se puede hacer es un veneno, sin remedio”.
En las semanas de compra febril en París, no dejó de difundir en reuniones y mítines la justicia de la causa republicana, que se vería casi de inmediato coartada por la ominosa No Intervención. Luego, siete meses de actividad bélica, en la que él participaba activamente aun a riesgo de su vida. Una experiencia excitante, profunda, que dejaría una impronta indeleble que luego plasmaría en su novela La esperanza y posteriormente en la película a la que se dedica esta web VISOR HISTORIA.
Para Malraux, “lo contrario de la vejación es la fraternidad”. Así pues, era necesario compartir lo más extensamente posible sus ideas. Por ello, en la segunda parte analizaremos un periodo de fraternidad y propaganda. En especial su viaje a Estados Unidos y su participación en el II Congreso Internacional de escritores en defensa de la cultura (Valencia, Madrid, Barcelona y París)., y que culminará en la redacción y publicación de La esperanza, a finales de 1937.
Y, finalmente, la tercera parte, la más amplia y detallada, se centrará en la obra de arte, perdurable, que para el autor francés es el arma para luchar contra el destino. Si, una verdadera y cotidiana batalla, ya que según él: “Lo que importa es luchar contra el destino”, añadiendo “et pour le reste, on s’en fout”.
De momento quedémonos con los avatares de la escuadrilla. Como dijo Malraux en La esperanza: “los hombres unidos a la vez por la esperanza y la acción tienen acceso, como los hombres unidos por el amor, a ámbitos a los que no tendrían acceso en solitario. El conjunto de esta escuadrilla es más noble que casi todos los que la componen”. Sigámosles.
0. INTRODUCCIÓN – VAMOS A HACER UNA PELÍCULA.
Caluroso verano de 1938. Lunes, primer día de agosto[1]. Suben por la montaña de Montjuic, desde la plaza España hasta los Estudios Orphea. Jadean, se abanican con algún periódico. Suben por la avenida de la Exposición; ladean el teatro griego y el Pueblo Español y entran en el ampuloso edificio de Antonio Sardá, huyendo del sol implacable. Antiguo pabellón de la Química en la Exposición Internacional de 1929 es quizás el mayor estudio cinematográfico de España. Todas las ventanas abiertas, pero ni así. Se ha formado un corrillo, la mayoría hombres.
Max Aub, subido en una tarima, pide silencio. Después, con una mirada al soslayo a su amigo y director André Malraux, da unos aplausos que consiguen el mutismo. Empieza a leer unos folios que tiene en la mano:
“No quiero ni puedo saber lo que ha sido el cine español hasta hoy y nadie puede adivinar su futuro. Vamos a realizar una película y hemos creído conveniente y necesario reunirnos a todos vosotros, los que con vuestro trabajo, sea el que fuese, vais a ayudar a realizarla; para daros cuenta de la dirección de vuestro esfuerzo; para deciros porque os hemos pedido vuestra colaboración. Vamos a trabajar juntos unos meses, y es necesario que el trabajador, el artista, el obrero, el técnico, sepa por que trabaja…”[2]
La charla dura una media hora ante un auditorio heterogéneo: desde actores a electricistas, gente de attrezzo y unas bellas secretarias que atraen las miradas de los que no siguen con atención el somero relato del argumento que Aub va desgranando.
Un momento que muchos recordarán en el futuro, aunque el propio escritor lamentará, erróneamente, su olvido. Dice[3]: “La historia de la filmación de Sierra de Teruel fue una sucesión de hechos tragicómicos que ya nadie contará”. Bueno, Max, lo lamento, pero la bibliografía es extensa, y yo mismo he novelado sus vicisitudes[4]. De todas formas, y para que quede constancia, voy a narrar aquí estrictamente lo que he podido ir conociendo de dicha película, sustentándolo con la más amplia información a mi alcance, no solo de las vicisitudes del rodaje, sino también del difícil entorno en el que se desarrolló.
La intención es proporcionar una visión global de lo que significó para un grupo de personas comprometidas el periodo en el que se rodó Sierra de Teruel (1938-39 y los años inmediatamente anteriores y posteriores). El lector que siga La verdadera historia del rodaje de Sierra de Teruel podrá deambular libremente por sus aledaños, mediante otras entradas que aclaran y analizan detalles significativos o elementos del contexto histórico que la hicieron posible, enlazadas a su vez entre sí. Cada una de ellas es una historia en sí misma, que se puede leer como tal o como simple ampliación de conocimientos.
PARA SABER +:
Max Aub y Sierra de Teruel (conferencia UAM, 2019)
1. PRIMERA ETAPA: LA ESCUADRILLA ESPAÑA.
1.1. MADRID, 1936.
Acaba de estallar la guerra, aun flotan en el aire noticias y bulos, nervios y desazón. Unos militares se han alzado contra la II República. Se esperaba. Los rumores venían de meses atrás, de cuando se reubicaron algunos generales; de cuando el Frente Popular ganó ajustadamente las elecciones de febrero; de cuando el asesinato de Calvo Sotelo, como represalia al del teniente José del Castillo. Muro de incomprensión generado por el aluvión de desencuentros radicalizados hasta separar irremediablemente las dos Españas. ¿O eran más?
La situación no solo era seguida con inquietud en España. En Francia, André Malraux, el famoso escritor y activista de izquierdas se multiplicaba en discursos y escritos. Había visitado España en primavera y era plenamente consciente de que la situación podía estallar de un momento al otro. Había ido como delegado de la Asociación Internacional para la Defensa de la Cultura. Fue un viaje problemático, puesto que si bien él se desplazó a Madrid el 17 de mayo con dos hispanistas (Jean Cassou y Henri Lenormand) y su esposa Clara, su amante Josette Clotis (a quién encontraremos durante el rodaje de Sierra de Teruel) lo hizo también por su cuenta y riesgo[5]. El 22, Malraux dio una conferencia en el Ateneo de Madrid, donde sentaba las bases del drama en ciernes:
Sistemáticamente, en todos los países, nosotros somos antifascistas. Es inútil discutir sobre una acción que a partir de ahora es indispensable. Sabemos que las diferencias que nos enfrentan a los fascistas deberán resolverse un día con las metralletas… Lo que nos separa, en definitiva, de forma innegable y absoluta, de la ideología fascista, es que nosotros queremos una civilización que nos lleve a la paz, mientras que, en esta última, todo tiende hacia la guerra y la muerte[6]
Ya de vuelta a Francia, había participado en múltiples conferencias y manifestaciones en apoyo de la II República española. El ambiente era propicio en una Francia en la que el Frente Popular se había alzado con la victoria en las elecciones del 26 de abril.
Han pasado dos meses de febril actividad. El domingo 18 de julio, Malraux y Clara están en el teatro, confortablemente instalados en el palco del recientemente nombrado subsecretario de Estado para los deportes y el tiempo libre, Leo Lagrange. Antes de empezar, evocando la atormentada España, han compartido experiencias: del viaje en mayo del escritor a las visitas del político para preparar la Olimpiada Popular de Barcelona, que corre el riesgo de no celebrarse. También de lo que significa para un pueblo inquieto una de las cartas jugadas por el Frente Popular galo: las vacaciones pagadas, que ahora, gracias a una iniciativa del anfitrión, serán subvencionadas con un 40 % de descuento del importe de los desplazamientos[7].
En el segundo entreacto de la obra que se está representando[8] irrumpe en el palco un ujier que solicita a los dos hombres que vayan al palco del ministro del aire, Pierre Cot. Allí, este les informa del golpe de estado sucedido en España, y quedan para hablarlo con detenimiento a la mañana siguiente en la sede del ministerio, en el boulevard Victor del distrito XV.

Allí, el ministro y su jefe de gabinete, Jean Moulin (futuro héroe y mártir de la Resistencia), reciben al escritor, que ha acudido acompañado de su amigo y piloto, Édouard Corniglion-Molinier, su compañero en la búsqueda del reino de Saba en el Yemen dos años antes. Le piden que vaya a España para informarse de la situación. Es una percepción compartida que una de las debilidades de la República es la aviación. Malraux se apresurará en preparar el viaje. Corniglion conseguirá, en veinticuatro horas, el encargo de un periódico para hacer un reportaje sobre los sucesos y convencerá al empresario y aventurero propietario de la sociedad Gnôme et Rhône (la futura SNECMA SA) para que le preste un pequeño avión para el desplazamiento.
Pocos días después[9], parten de París para, tras una escala en el aeropuerto militar de Forgas (Biarritz), llegar a Madrid. Durante el vuelo, debido al fallo en la brújula, viven unos momentos de riesgo, al confundir inicialmente Ávila con su destino. Reparado el error al ver el cartel de la estación, logran remontar el vuelo y llegar a Madrid. Allí, Clara propone desplegar un paño rojo para indicar que son partidarios de la República, a lo que Corniglion-Moliner se opone por el riesgo de entorpecer las hélices. Al aterrizar, les recibe el recién nombrado Comisario General del Ejército y futuro ministro de Estado en 1937, Julio Álvarez del Vayo, al que Malraux conoció en su anterior viaje. Les ha preparado las entrevistas oportunas para que en el menor tiempo posible se hagan cargo de la situación y recojan las peticiones del inestable gobierno republicano que en tres días ha tenido tres presidentes.
Los encuentros se inician al día siguiente por la mañana y durante el almuerzo. A media tarde, André Malraux se toma un respiro y va a visitar a su amigo José Bergamín. Se tratará de un encuentro que marcará el devenir del rodaje de Sierra de Teruel, dos años después, al propiciar el encuentro con el escritor de origen francés (aunque él siempre se tiene por valenciano, ya que “uno es de donde hace el bachillerato”), Max Aub. Sigámoslos mientras departen sentados en una cervecería cercana a la plaza de España.
Llega Malraux con algún retraso. Bergamín y su amigo Aub han bajado a tomar una caña atentos a su llegada. Antes han estado discutiendo sobre la posible publicación en la revista Cruz y Raya, dirigida por el primero, de alguna obra de Max. No siempre ha sido posible, muchas firmas relevantes quieren estar presentes en esta publicación de prestigio. La sangre no ha llegado al rio. Algo publicará. Además, le ha dicho: “te voy a presentar a un gran hombre, a un premio Goncourt que ha venido a España para ayudar a la Republica. Esta mañana ha estado con Azaña y con Giral. Te interesa conocerle”. Y el agradecerá poder hablar un rato con tu excelente francés. Yo le conocí durante el I Congreso de Escritores en defensa de la cultura, en el 35, en París, y me causó una gran impresión su dinamismo, su aplomo y seguridad en sí mismo. Y ama a España. Fue él quien sugirió España como sede del II Congreso. Ya verás.
El francés ha aparecido, sudando, con el flequillo ondeando, enardecido por el ambiente y por lo que lleva discutido y negociado al más alto nivel. Después de las presentaciones, se sienta y pide un vaso de tinto. En el aire, olor a humo, vibración de bocinas y gritos en la cercana Gran Vía.
A pesar de que la prensa local airea titulares triunfalistas, hay rumores de que en otras partes de España el levantamiento está afianzándose, que parece, dicen, se rumorea, que tropas rebeldes avanzan hacia Madrid. ¡Ah, si tuviéramos aviones!, que pronto les pararíamos, apunta Malraux, ajustándose la crencha con un tic nervioso.

Bergamín, amable, intenta transmitir un sosiego que nadie siente:
—¿Y Clara, ha venido contigo? —su francés es excelente.
—Sí, pilotaba Édouard. Casi caemos en manos de los rebeldes en Ávila. Yo no quería que viniese. Pero, las mujeres, ya sabes. Ha dejado a Flo —la hija de ambos— con su madre.
—La situación parece controlada. El ejército no, pero en general las fuerzas del orden han cumplido con su deber. Y el pueblo ha echado el resto —apunta Aub, para hacerse presente.
—Clara, Clara —suspira Malraux. Ya había venido en mayo. Pero ahora es distinto. Hay peligro. Pero ella, dale que dale—. No me lo dijo, pero creo que es por Josette —y ante la cara interrogante de sus compañeros, aclara, en un francés pícaro, reforzado por una mueca que se refuerza con sus tics habituales— mon petit jardín privé.
A Bergamín, el tema le es incómodo. Católico convencido, practicante, ha adoptado también las ideas comunistas que sugieren un cierto rigor en el comportamiento. Rusia, su revolución, aunque parece ya asentada, es un tema de discusión, de disensión entre los intelectuales comprometidos. A pesar de los crecientes rumores del autoritarismo estalinista, sigue siendo seductora su capacidad de organización, de una disciplina que ha conseguido que de una antigua estructura política en descomposición, haya surgido una nación potente y capaz de señalar el horizonte de millones de trabajadores en el mundo entero. Cambia de tema.
—Se veía venir que a Casares se lo llevaría el viento insurreccional. Pero Martínez Barrio, ¿un presidente por horas? ¡A quién se le ocurre!
—Me han dicho que intentó un acuerdo con Mola —interviene Aub, él también está enterado, sus amigos del PSOE le informan—. Iluso. A ver si Giral…
Malraux mira el reloj, está impaciente, no son los vaivenes de la política lo que le interesa, sino la acción. En su cabeza bullen mil ideas, proyectos a menudo utópicos cuya realización piensa que es decisiva para la suerte de aquella España a la que ha aprendido a querer. Además, Josette, su petit jardín, se enfadó por no poder acompañarle. Teme que a su regreso ella le regatee su compañía. De momento ha expresado su rechazo yéndose de vacaciones a Italia.
Se levanta: —Lo siento, me esperan.
¿Quién le esperaba? A tenor de la misión llevada a cabo pocos días después en Francia, las máximas autoridades, tanto militares como civiles. La necesidad de compra de material bélico apremiaba. Pero no estaba siendo fácil, dado que el gobierno aún no había calentado las sillas ministeriales. El gobierno de Santiago Casares Quiroga había durado solo dos meses, pero el de su sucesor, Diego Martínez Barrio, ¡solo un día! para ser relevado por el de José Giral, que duraría mes y medio.
Como le había confiado al escritor francés, inmediatamente después de haber tomado el mando, el 19 de julio por la noche, el presidente del Gobierno había ya remitido un telegrama en clave al gobierno francés: «Sorprendido por un peligroso golpe militar. Le ruego nos ayude inmediatamente con armas y aviones. Fraternalmente, Giral»[10]. Aviones. ¡Aviones! Pues claro. ¿Quién mejor que un prestigioso francés, acompañado de un aviador, para negociar? Malraux intuyó que aquella era su entrada en el proceso revolucionario. Aviones. Además, Clara y él eran amigos de Pierre Cot, el ministro del Aire, ¡quien mejor, sí, quién mejor!
Va al hotel a buscar a Clara. Cenarán con Corniglion-Molinier, Álvarez del Vayo y gente de las fuerzas aéreas. Esbozarán un plan. Redactarán un memorándum. La República no les puede negar el dinero necesario, una suma que se adivina colosal. Clara lucirá un vestido acabado de comprar en las primeras tiendas que han ido abriendo después del golpe. Ha paseado por la Gran Vía; en Montera lo ha visto en un escaparate. Aún no se ha encontrado con trincheras ni sacos terreros. Le ha parecido barato.
En la calle reina más la euforia que la inquietud. El cuartel de la Montaña se ha rendido. Sobre la mesa del bar un suplemento de Blanco y Negro, en su portada: Buen comer y buen beber. Aub ha traído un ejemplar de El Sol del día anterior. En portada: El Gobierno ha dominado la rebelión militar. En Barcelona se rindió el general Goded. Cuando venía a España, el general Sanjurjo muere carbonizado en un accidente de aviación. En una columna central, el mensaje del presidente Giral, radiado el día antes a las nueve de la mañana:
“Españoles: Sin jactancia alguna, con toda sencillez, pero también con entera serenidad, el Gobierno de la República cumple con su deber y está en su puesto… Una criminal maniobra, que ha prendido en una minoría de los militares, y que España contempla con enorme estupor, indignación y asombro, asombro, indignación y estupor que aumentan al ver que no han dudado siquiera en intentar, aunque sea con fracaso, la invasión del solar de la patria por soldados moros y mercenarios, nos ha traído en estas horas perturbación y dolor; pero no consiguieron ni conseguirán vencer la firmeza del Gobierno ni el entusiasmo republicano del pueblo español, ni tampoco detener la marcha de la República por los caminos de la justicia y el progreso”[11].
José Bergamín y Max Aub le han visto alejarse. El segundo comentará más tarde: Era ya igual a su leyenda[12]. Los dos amigos seguirán un rato más, habiendo pedido otra cerveza. Después, subirán a la redacción de la revista. Si Imaz ha terminado con lo que estaba haciendo, quizá vayan los tres al cine. En el Capitol, allí cerca, en su enorme pantalla, podrán ver a Janet Gaynor y Robert Taylor en “Una chica de provincias”.
PARA SABER MÁS:
Max Aub y André Malraux, espejo de una amistad (Gérard Malgat)
1.2. AVIONES PARA ESPAÑA:
De regreso de su prospectiva en Madrid, Malraux llega a París en plena efervescencia mediática, nervioso, excitado, hiperactivo. Su ideario, que ha ido desarrollando en los últimos años, surgido de encuentros y lecturas, viajes y reflexiones, parece eclosionar en la explosiva situación bélica en el país que acaba de visitar. Y sabe que él ha de jugar un papel decisivo, no puede quedarse quieto, y menos permanecer en los planteamientos teóricos. Dirá más tarde, en su novela La esperanza[13]: Pensar en lo que debería ser en vez de pensar en lo que puede hacerse, aún si nada realmente bueno puede hacerse, es una peste, dice Hernández, el comunista convencido a García, el pragmático jefe de la Información Militar. Y añade: Sin remedio, como dice Goya. Sí, el veneno que paraliza a los intelectuales. Él lo es, pero también un hombre de acción. Él si ha pensado en lo que hay que hacer: aviones de guerra para la República. Ha visto la situación, la había visto ya en mayo, pero ahora ha entrado en un punto de no retorno. Retruenan los cañones, muere la gente (ha visto cadáveres en las calles de Madrid, solo dos días atrás). También el entusiasmo suicida de tantos que confunden la algarabía callejera con un apoyo resolutivo a la República. Quién sea consciente de ello no puede dudar. Es el momento.
En España la prensa lo ha ensalzado, como cuando ha visitado, por invitación de Dolores Ibárruri «La Pasionaria», Mundo obrero, el día 25, publicándose al día siguiente una elogiosa entrevista. Al contrario, en Francia, la prensa lo vigila de cerca. Intentan desprestigiarle. En L’Action française, lo tratan de ladrón y bolchevique. Desvelan que el viaje de vuelta lo ha realizado en un avión francés, pilotado por un amigo, y cargado con una fortuna. L’Echo de Paris del domingo 26 de julio informa que el escritor André Malraux ha viajado a Madrid con dos cajas de oro entregadas por el Socorro Rojo Internacional[14].
Llegado a París el 28, discute con André Gide para quién la acción y la escritura son incompatibles. El reputado escritor considera que Malraux persigue la emoción, más allá de conseguir una cierta calidad literaria. La emoción, sí, ¿por qué no? La emoción consigue la fijación de las ideas en la mente, las incrusta para que permanezcan y surjan cuando los hechos lo requieran, como ahora.
Las noticias son contradictorias: Echo de Paris, indicará el 31 de julio que Valencia ha caído en poder franquista, y que el gobierno francés ha decidido no entregar armas a la República española. Rumores, mentiras y suposiciones disfrazadas de verdad. Es preciso aumentar la presión, piensa. Lo hará en un multitudinario encuentro en la Sala Wagraw, el día 30, ante más de 20.000 entusiastas asistentes. La muchedumbre canta La Marsellaise, La Jeune Garde, La Carmagnole. Entre gritos entusiastas: ¡Viva España libre!, ¡Viva el Frente Popular!, abre la sesión Octavio Arlandís, militante comunista, fundador del PSUC catalán: “España ha librado su batalla de la Marne”, “nuestra lucha es vuestra lucha”. Se leen adhesiones, como la del escritor Romain Rolland, y aparece en el estrado el poblado mostacho del director de L’Humanité, Marcel Cachin: “la lucha es entre los fascistas y el Frente Popular español, que representa la mayoría del pueblo”. Le sigue el representante del sindicato CGT, que afirma que cuatro millones de adheridos están dispuestos a ayudar a España. Los aplausos se recrudecen cuando se anuncia la intervención del delegado del Comité mundial de lucha contra el fascismo, acabado de llegar de Madrid: André Malraux. Empieza informando de cómo el gobierno Giral había dado las armas al pueblo; su “¡Ya era hora!” recibe una sonora aclamación. La gente se apretuja, ha habido disputas para entrar, se han habilitado dos salas y en la calle la gente espera que los de dentro les vayan dando noticia de la evolución del acto. Malraux sigue: “Los españoles necesitan chóferes, instructores en los distintos aspectos de su defensa, médicos, ingenieros”. Está lanzado.
¡Aviones!, repite sin cesar. Recuerda como él ya ha participado en una operación exitosa contra la estación de Córdoba, tomada por los fascistas. Nadie sabrá si es cierto. La ficción como instrumento para entender e interiorizar la realidad, la emoción como vehículo. La ovación es atronadora. Muchos lloran. Al salir, depositarán su óvolo. España les necesita. Será casi medianoche. L’Humanité indicará que: “durante más de tres horas, una masa entusiasta y fraternal ha confirmado su absoluta solidaridad con el pueblo de España que lucha por su libertad”[15].
La semana siguiente es de actividad febril. Malraux visita a su amigo Jean Moulin, adjunto al ministro del Aire, Pierre Cot. Consigue de éste el permiso para que intervenga en la compra de aviones. Su labor se entrecruza, no sin algunos roces, con los enviados especiales del gobierno de la República, Warleta y Aboal[16], que se afanan en conseguir todo tipo de material a pesar de la caótica situación de la embajada. En los primeros días, el embajador Juan Francisco de Cárdenas y sus consejeros filtraban informaciones e impedían o retrasaban operaciones financieras. Sustituido Cárdenas por el cónsul Antonio Cruz y luego por Fernando de los Ríos, los impedimentos sembrados por los anteriores diplomáticos entorpecían la inicial buena predisposición de una parte del gobierno francés.
En poco más de una semana, a pesar de las trampas urdidas por los anteriores diplomáticos franquistas, la inexperiencia del nuevo equipo de la embajada y la vigilancia policial, con la decisiva ayuda de André Malraux y sus contactos, se conseguirá reunir un buen número de aviones, así como tripulaciones a las que se ha tenido que prometer salarios fabulosos. En la Francia que empieza a degustar las vacaciones estivales, un salario medio de un operario ronda los 1.500 FF mensuales[17], el ofrece hasta 50.000 FF. Cuenta con la ayuda del ministerio del Aire, de sus amigos Pierre Cot y Jean Moulin, pero también con la reticencia, cuando no la franca oposición del ministerio de Asuntos Exteriores, que está ultimando con el gobierno británico el acuerdo internacional de la No Intervención, una de las causas de la derrota final de la II República[18].
Pero él lo conseguirá. Desde luego, la República, por su parte, también comprará aviones además de otro material bélico. Pero en esos primeros y decisivos días, será él quien habrá conseguido llevar a España una veintena de aviones, en diversos envíos y por vías diferentes: Toulouse, Perpiñán, a Barcelona o directamente a Madrid.
En la embajada española, mudanzas, barullo, documentos desaparecidos. Los anteriores ocupantes, partidarios de los sublevados, no marcharon con elegancia, tenían que labrarse un futuro en su nueva España. Dicha felonía se añade al desbarajuste causado por sus reemplazos, casi un calco de lo sucedido con la presidencia del Gobierno a raíz del golpe de estado. El monárquico Juan Francisco de Cárdenas había presentado su dimisión el día 23 y con él habían marchado también el encargado de negocios, Cristóbal del Castillo y el agregado militar, Antonio Barroso[19]. La reorganización dependía de algunos administrativos y españoles de segundo rango, a la espera del nuevo embajador. Por unos días, se ocuparon Fernando de los Ríos y Pablo de Azcárate, desplazados desde la Sociedad de las Naciones en Ginebra, hasta que el 27 fue nombrado para tal cargo Álvaro de Albornoz, hombre de confianza de Azaña y perteneciente a su mismo partido: Izquierda Republicana. Duraría solo hasta setiembre.
Malraux dispone de un despacho en la propia embajada, en el que entrevista a vendedores de material y también a futuros miembros de la escuadrilla que planea formar. No es fácil, también mantiene reuniones con eventuales proveedores y aviadores en su domicilio de la rue du Bac. Vigilado de cerca por la policía, también utiliza salas reservadas de diversos cafés. Encuentra todo tipo de personas, algunas serias, como los directivos del fabricante de aviones Potez, con los que su cuñado tiene relación. Pero también se presentan aventureros, timadores, soñadores que le ofrecen aviones que no existen, o contratos con aviadores que no desean jugarse la vida en España. Y Clara, siempre Clara, sus celos y su obsesión por acompañarle.
Josette, su amante, está en Italia. Despechada por la falta de atención por parte de André, aprovecha un viaje en coche de un amigo, para irse unos días lejos del barullo que intuye. Le escribe desde Pallenza[20]: “André, mi amor, la vida transcurre en un monólogo dirigido a usted… Ahora estoy en Italia. Ya no podía soportar más ese teléfono que no sonaba, que nunca sonaba para mí. Me fui furiosa y nunca he tenido pensamientos más tiernos… Estoy cansada de desearle, de llamarle en vano. Cuando tenga setenta años, ¿llegaré a poder telefonearle por la noche sin terror y a ir con usted al cine el domingo? Le reprocho encontrarme entre tantas bellezas sin usted. No hay ni un centímetro de mí en el que no tenga necesidad de usted”. Se quedará en Italia hasta finales de agosto.
En este mes tórrido, la embajada es un hervidero de idas y venidas. André Malraux acaba de marcharse. Ha salido con dos checos para almorzar y hablar de unos aviones que nadie verá. Su excitación, las prisas a sabiendas de que se está negociando la No-intervención por parte del Quai d’Orsai y el Foreign Office, le hacen agarrarse a todo clavo ardiendo que se acerca por allí, y son muchos. Otra preocupación añadida, este lunes 3 de agosto, en un París casi incandescente, medio vacío por las recientes vacaciones promovidas por el Frente Popular, proviene de su conversación con el nuevo embajador, quién solo llegar ya ha manifestado su intención de centralizar las compras a través de una sola entidad[21]. El día anterior, se ha enterado de que Albornoz ha cenado con Schneider, patrón de la Societé Europeenne d’Études et Enterprises. Es un conocido empresario, con un largo historial de componendas con los ministerios de finanzas a causa de sus relaciones con diversos países, como Polonia o Turquía, para compra de material bélico[22]. La centralización en exclusiva en una empresa francesa como intermediaria (que de hecho sucederá) mandaría al garete su estrategia, su protagonismo, su decisión de conseguir aviones ¡ya!, no cuando los rebeldes hayan copado media España.
En la embajada, le han visto salir charlando nerviosamente, su tic haciendo ondear sin pausa el eterno flequillo. Juan Aboal está en el centro de un grupito en el que están despidiendo, con una copa de vino en la mano, a Warletta que regresará a España al día siguiente[23]:
—O ponemos orden en este desbarajuste, o se nos irán los cuartos sin resultados.
Una secretaria añade: —Gente de lo más variopinto y con una pinta… Arrogantes, dicharacheros, pero en absoluto de fiar.
—Alguno habrá, digo yo. Fíjate Corpus —tercia Warletta, al que le duele dejar a su compañero en la estacada. Su capacidad técnica es requerida por el mando republicano.
—Corpus, Corpus Barga, el intelectual. Si, es un hombre de confianza, no te digo que no. Se le ve. Austero, serio, omnipresente. Pero ante tanto gánster suelto. Para controlar las ansias de protagonismo de Malraux, lo entiendo. Pero no sé yo… —Aboal preferiría estar en Cuatro Vientos, luchando contra los sublevados. Pero órdenes son órdenes. Un asistente pregunta:
—¿Se han ido a firmar el contrato? Aquellos checos prometían dos Douglas.

—No creo. Estaba el asunto muy verde. Pero una comida en el Grand Café nunca es desdeñable. Seguro que les contará la historia de los hermanos Lumière y la primera proyección cinematográfica en su sótano. Menudo el francés cuando puede meter baza en el tema. ¡Que os jugáis a que les relata su encuentro con Eisenstein! Es una apisonadora. No, creo que después de la comida irá a la l’Office de l’Air —mira el reloj—. Y yo también tendré que asistir. Quedamos ayer con Corniglion y Corpus. Esto sí parece serio. Se trata de, al menos, una docena de cazas Dewoitine.
—¡Caramba! Por fin algo sólido —comenta, no sin cierto resquemor por no estar ahí, Warletta. Sin querer quedarse atrás recuerda: Hablad también de los Potez.
El dueño de la fábrica Potez es favorable a la República, ha pensado. Algún resquicio habrá, aunque él no podrá verlo. En estos primeros días, el posicionamiento del fabricante es crítico para la obtención de material.
Juan Aboal ha ido a pie hasta l’Office de l’Air. No pilla lejos de la sede de la embajada. Va pensando en la propuesta que ha hecho de establecer una Oficina de Compras de la República, capaz de coordinar tanta iniciativa dispersa y en competencia continua. Incluso ha visto una ubicación ideal en el 27 de la rue George V, anejo a la sede diplomática. ¡Qué alegría tendrá cuando un diplomático de verdad, Luis Araquistáin, materialice el proyecto. Pero será ya demasiado tarde.
Ha bajado hasta el pont de l’Alma, atravesándolo. Después. bordeando el Sena, ha llegado al boulevard Victor. Mas de media hora andando que le han sentado de maravilla, lejos del ajetreo anárquico de la embajada. L’Office de l’Air está en el Ministerio del Aire, un edificio feísimo, grandilocuente, arrogante. En la puerta, le esperan Corniglion y Malraux. Corpus ya entró, le dicen mientras se dan las manos. Malraux acepta a regañadientes la presencia del escritor, que pocos días antes le ha presentado Fernando de los Rios. Pero los aviones no pueden esperar.
Ya dentro, en una sala de reuniones poco acogedora, les reciben Corpus Barga[24] y el administrador de la empresa Potez, André Faraggi, amigo íntimo del ministro del Aire, Pierre Cot. Malraux los conoce a todos, su entusiasmo y su verbo fácil aglutinan voluntades. Después de una hora de análisis de la situación y las disponibilidades, acuerdan la compra de 14 cazas Dewoitine 372 y seis bombarderos Potez 540. Corpus Barga saldrá mientras ellos toman un café, y a la media hora volverá con el contrato ya redactado, a nombre de un tal Andrés Ramírez, calle Fomento 21, Madrid[25]. Por parte española, firmará Corpus, único autorizado por el embajador, con visible enojo de Malraux. Contentos, la parte española buscará un restaurante acogedor en el distrito XV, donde correrá abundantemente el champán. No se hablará en absoluto de los precios, en algunos casos superiores en más del 50% a los habituales en el mercado. Aviones para España. Como sea, pero lo han conseguido.
Los días posteriores no serán fáciles. Pero conseguirán que la mañana del 4 de agosto empiecen a salir, desde diversos puntos de Francia, los aviones contratados, haciendo escala en Toulouse, donde el administrador, Édouard Serre, era también favorable a la República.
La aventura no termina aquí. De los catorce cazas, cuatro sufrirán percances, posiblemente debido a la premura en la contratación de pilotos, no siempre con la adecuada experiencia. Uno de ellos se estrellará aún en Francia, mientras que otros tres capotarán a su llegada a Barcelona: uno en el aeropuerto reservado a Air France y otros dos en el terreno militar colindante de El Prat. Quizá el recuerdo de dicho siniestro inspirará la primera escena de Sierra de Teruel. Pero esta es otra historia, por ahora.
Un personaje de su novela L’espoir dirá: “He visto a las democracias luchar contra casi todo, menos contra el fascismo”[26]. El piensa, está convencido, que va a revertir la situación, España, con su ayuda, saldrá al paso de la ola que amenaza destruir la convivencia en Europa, y de ahí a todo el mundo. Y llega, ya el 6 de agosto, a Madrid. El 15, uno de sus mejores pilotos, Darry abatirá ya dos aviones de reconocimiento italianos, el primer éxito de la escuadrilla España. Empieza un periplo de siete meses donde todo será, o parecerá, posible. Hasta la victoria.

Aviones, aviones para España. Su idea, su obsesión ya desde su viaje a Madrid en mayo. Aviones, sí, pero también tripulaciones, pilotos, mecánicos, ametralladores. En una cita[27], aparecen localizados en Barcelona a primeros de agosto algunos de los que formarán parte de su escuadrilla, como Jean Darry (mercenario, piloto de caza) o uno de sus líderes, Abel Guidez, jefe de los pilotos, voluntario antifascista, y que morirá más tarde, en la primavera de 1937, abatido por los cazas franquistas cuando esté pilotando un avión sanitario. Los primeros pilares de la Escuadrilla España, dirigida por André Malraux, el recién nombrado comandante por las autoridades españolas. En esta primera etapa, la formación constará de 32 miembros: 22 franceses, 5 italianos, 2 españoles, 1 ruso, 1 checo y 1 belga (Paul Nothomb). Pero esto nos da paso ya al siguiente capítulo de esta Verdadera historia del rodaje de Sierra de Teruel, donde veremos algunos de los sucesos vividos por la escuadrilla y que se incluirán en el argumento de la novela L’espoir, y más tarde en el guion de la película que nos sirve de hilo conductor a nuestras pesquisas.
PARA SABER +:
Lio en la embajada. París, 1936
1.2. HOTEL FLORIDA – MADRID.

Sentada en su mesita del hall del hotel Florida, Clara contempla el ir y venir de militares, políticos, periodistas y busconas. Su esposo le ha encomendado, por hacer algo, para tenerla ocupada y así evitar sus reproches e ironías, que lleve el diario de la escuadrilla España. ¡El diario! ¿A quién interesará? Desde los primeros días se ha dado cuenta que las autoridades republicanas los miran con recelo, los tachan de mercenarios pagados generosamente, de soñadores. Llevan dos operaciones con un cierto éxito, André lo ha comentado ampliamente con todo periodista que haya tenido a mano. Aún no han llegado los Hemingway ni Saint Exupéry, pero los que hay le escuchan aparentemente embobados, al calor de su premio Goncourt y su labia arrolladora. También ha mandado cartas a los amigos de Ce Soir, de l’Humanité. Para él cada día hay lances bélicos y anécdotas heroicas que destacar. Que en su primera participación, el día 14, Darry y Guinet hayan derribado dos aviones italianos de reconocimiento[28], es un hecho remarcable para la escuadrilla, aunque no tanto para el conjunto de la aviación republicana, que no les aprecia el sacrificio. Por ende, el 16 les han derribado un aparato, pudiéndose salvar el piloto Thomas al saltar en paracaídas. Después, operaciones de reconocimiento, de vigilancia y protección de otros aviones, nada que Clara considere digno de aparecer en la historia de una escuadrilla que está llevando su matrimonio a la ruina.

La discusión ha sido agria, con reproches mutuos. En su habitación. Clara sentada en la cama mientras él recorre el estrecho espacio a grandes zancadas, acentuando sus tics imparables.
—¿Eres consciente de lo poco que consigues a cambio de tanto sacrificio? Tuyo y mío.
—Clara, ¡no! Es una lucha larga y desigual, y no puedo inhibirme. Estoy en ello por convicción y no voy a cambiar ahora.
—Convicción. ¿Y yo?, ¿y Florence[29]? ¿Estás, o estabas convencido también cuando la engendramos?
—Sabes que la amo. Que os amo —corrige, ya tarde.
—Y yo. Y la echo de menos. Teniendo que estar aquí, en este ambiente anárquico, redactando notas inútiles de una escuadrilla de pacotilla.
—¡Clara, por ahí no!
—¿Recuerdas como bailamos los tres, en el comedor de casa, al volver de los bulevares, donde habíamos ido siguiendo los resultados de la victoria del Frente Popular? Ella, primero lloró, pero acabó riendo con nosotros. ¡Qué euforia, cómo lo vivimos los tres! ¿Qué nos ha pasado, André? A los pocos días vinimos a España y todo empezó a torcerse.
No quiere ni tan siquiera mentar a Josette. Sabe que no está en Madrid, y que su rival tampoco tolera la arrogante trayectoria de aquel hombre empeñado en hacer realidad sus sueños. O al menos narrarlos como éxitos reales.
—Torcerse, torcerse… ¿Estoy aquí, verdad? Contigo, no con mi amigo Thomas, que acaba de salir de un buen apuro y que al entrar me ha invitado a una cerveza, ni con Guidez preparando los planes de vuelo de mañana. ¡No! Contigo. Y discutiendo. Mejor estaría en la cervecería del sótano.
—Planes de vuelo —la irónica sonrisa es hierro candente. A mí también me gustaría estar tomando una cerveza con alguien que me escuchara y me valorara.
—Si bajas, dime donde te sientas, y yo cambio de bando.

La cafetería situada en el sótano del hotel Florida tiene dos barras en paralelo.
—Pues me voy, si tanto te ato.
—¿A cenar? —A ironías, que no le ganen. Pues vete. Al fin y al cabo…
—A París. No creo que aquí haga falta.
—No se trata de eso.
—Pero es que tú tampoco pintas nada aquí —la ira en los ojos de él. Tonta como soy, nunca había imaginado este desarrollo de los acontecimientos. Dirigir un conjunto tan especializado requiere una formación que estás lejos de poseer. ¿A eso hemos venido a Madrid?, a transmitir las instrucciones de Hidalgo a tus hombres. Por cierto, instrucciones de poco compromiso en general. ¿Te sientes realizado con tu papel en esta parodia?
André mira por la ventana. La plaza de Callao, la Gran Vía. A cuatro pasos de la Telefónica y sus conferencias con amigos de París, siempre a la caza de nuevos voluntarios y fondos para mantenerlos. Y algo más allá, Chicote y sus combinados. Imagina por un momento como sería la velada con Koltsov, corresponsal de Pravda, ahora en Barcelona pero que le ha dicho que en breve se hospedará en el hotel. Se gira y la mira fijamente:
—Creo que en París serás de más utilidad. Flo te necesita… más que yo, desde luego[30].
—Está con mi madre. No le falta nada.
—Le falta su madre. Por la mañana te pido un billete. Y ahora, si me permites…
—¿Necesitas permiso?, ¿no te los da Hidalgo de Cisneros?
El sarcasmo saca de quicio a André. Hidalgo de Cisneros no es de su cuerda. Buen militar, pero demasiado disciplinado, comunista de carné reciente, reglamentista, que además, desde la pérdida de Núñez de Prado y González Gil[31], dos de los mejores técnicos en aviación de España, va un poco perdido. No le pedirá a él el billete. Conoce suficiente gente en el aeropuerto. Solo hace falta que Clara se decida. No baja el tono agresivo.
—La primera misión en situaciones como la nuestra es no desmoralizar a quién lucha. Y yo lo hago. Te guste o no, ahí estoy. Y espero que tu tomes tus responsabilidades, pero no aquí sino en París.
El día ha terminado con Clara cenando, sola, en el restaurante del hotel y André tomando unos vinos en la cervecería del sótano con el primer periodista que ha encontrado. Comentarán el avión que derribó Darry.
El avión sigue retrasado. La línea no es suficientemente segura, aunque de momento se respetan los símbolos franceses. Hará escala en Burdeos y por la noche podrá ya estar en casa de sus padres, con Florence.
Un oficial de aviación se le acerca. Va acompañado de un hombre bajo, enjuto, de tez morena y días sin afeitar. Huele mal.
—¿Señora Malraux?
—Sí, soy yo.
—Voy a Cuatro Vientos a buscar a su marido. ¿Quiere que la lleve?
—No, me marcho, estoy esperando el vuelo de París. Va con retraso.
—Ha pasado algo insólito. ¿Ve este señor? Viene de Olmedo, en Valladolid, ¡a pie!, ¡casi cien kilómetros! Quiere ver a los aviadores. He llamado al ministerio y me han dicho que se lo pase al coronel Malraux.
—Pues páseselo. Mire, estoy cansada.
—Perdone, yo solo quería…
—No, perdóneme usted a mí. No podía saber si iba o venía. Ande, vaya, vaya.
La historia es verdaderamente novelesca. Captará la atención de André Malraux en cuanto la oiga. La misma noche, la primera en que se siente liberado de los comentarios sarcásticos y las desconfianzas de su esposa, lo contará a un corrillo de periodistas. Claridad[32] lo recogerá en una crónica del día 1 de septiembre, e incluso se relatará en la prensa francesa[33].
Lo narrará con detalle en su película: Un campesino de Olmedo, en la provincia de Valladolid, había descubierto un campo de aviación de los sublevados. Al principio dudó, la provincia era rebelde desde los primeros días, y los fusilamientos y desapariciones de gente de izquierdas estaba al orden del día. Finalmente, andando entre los bosques, escondiéndose al menor ruido, consiguió pasar las líneas, de noche, hasta llegar a la zona republicana, cerca de Buitrago. Allí, acudió al centro de mando, donde después de consultar con Madrid, le subieron a un camión, y luego a otro hasta llegar a Barajas. Aviones por fin. Sabía que la destrucción del aeropuerto clandestino solo se conseguiría bombardeándolo desde el aire; las líneas republicanas estaban lejos de su ubicación.
La policía militar de Barajas oyó su relato y, sin creerle demasiado, telefonearon a Aeronáutica Militar. Que espere, le dijeron.
Horas más tarde, el propio Hidalgo de Cisneros telefoneó a la policía y les dijo escuetamente:
—Mándenlo a Cuatro Vientos. Que hable con el francés. Le va a gustar —y colgó.

Eso no lo sabe Malraux, aunque lo intuye. Pero para él es una oportunidad de demostrar la valía de su escuadrilla. De inmediato reúne a sus pilotos, y anuncia a los periodistas que a la madrugada siguiente saldrá un bombardero, escoltado por tres cazas, para destruir el campo de aviación que al parecer está situado en las cercanías de Arévalo. Y añade con una sonrisa relajada:
—Al campesino lo subiremos a un avión. El pobre, espero que sepa orientarse. Ahora duerme como un lirón. Y yo debería hacer lo mismo. Buenas noches, señores.
Lo publicado en Claridad, aparece también al día siguiente en El socialista[34] y El Pueblo. André recortará los artículos y los unirá a una carta que, con tono amable, dirigirá a Clara. Habrá marcado en rojo el último párrafo: “La Escuadrilla España, después de este servicio, volvió majestuosamente a su base, ¡Una felicitación entusiasta a los bravos aguiluchos de la escuadrilla “España”!
El recuerdo de la valentía del campesino quedará en su memoria, y lo plasmará en su novela La esperanza y también en la película Sierra de Teruel. Lo veremos en su momento.
Clara recuerda los días pasados en aquel pandemónium del Hotel Florida, sus interminables y aburridas sesiones de cronista de la escuadrilla en un rincón del hall, el desagradable olor a sudor y a celo masculino. La cercanía de la muerte avivando instintos, ¡carpe diem! Solo una visita a Toledo le dio material para contar a sus relaciones en París. Acompañó al corresponsal de L’Humanité, George Soria; vio en primer plano la muerte, la destrucción, la insensatez que le aleja cada vez más de su marido y su mundo. Ya no es la Clara que inspiró el personaje de May en La Condition humaine, la militante. Hasta los comentarios plagados de consignas de su acompañante la dejan ya indiferente. No lo sabe, pero al cabo de un año, André se sincerará en L’espoir utilizando la voz del personaje de Guernico, con reflejos de su amigo José Bergamín: “no puedo batirme cuando ella está aquí”.
Parece que el avión ha llegado, hay movimiento en Barajas. Sacudiendo sus cabellos para alejar reflexiones, coge el bolso de mano y se dirige a la puerta. Ha construido su mundo con André basándose en la aventura y ahora es esta la que le aleja de él. Ya no son los viajes a Indochina o a Moscú, ahora se muere por las calles, lo ha visto en Toledo. La muerte, tan presente siempre en la obra del premio Goncourt, marca una diferencia insalvable. Piensa en Flo, su visado para una nueva vida que deberá ir construyendo a partir de ahora.
Sin embargo, en setiembre volverá. Nuevos intentos de recuperar lazos perdidos no tendrán éxito. Salvo alguna tertulia con integrantes de la escuadrilla, alguna conversación con periodistas, la intimidad sigue agriada. Clara, políglota, se desenvuelve bien con corresponsales alemanes, ingleses, rusos o italianos. A pesar de ello, André, que no habla otras lenguas, trata de eludir su ayuda cuando debe relacionarse con ellos. Después de una cena con Bergamín, a quién conocen desde París, agradable, profunda en sus análisis políticos, el epílogo en la habitación es de franca ruptura. Malraux hace la guerra, y en ella no cabe el amor, ni el sentimentalismo. Ella le sigue recriminando la anarquía, la irresponsabilidad de algunos de los aviadores, que él no consigue atajar dado su desconocimiento del mundo aeronáutico. Cuando Clara afirma que la guerra está perdida, que no hay ninguna posibilidad de éxito, y que por lo tanto maldito el esfuerzo que está haciendo él, André la acusa de derrotista aludiendo a que se va consiguiendo la organización que no fue posible en los primeros días, gracias a la aportación comunista, y que con ella se conseguirá la victoria final, y cuando ello suceda, él quiere estar ahí y haber contribuido… y que se sepa.
Hasta los celos han dejado de ser un acicate. Clara lo intentará en una brevísima relación con un piloto. A finales de mes, Clara llega a Madrid acompañando un grupo de mujeres comunistas, para entregar un banderín al Vº Regimiento. Malraux está en Checoslovaquia intentado comprar aviones. Ella, después de la ceremonia, regresa al Hotel Florida. El conserje le aconseja cambiar de habitación, evitando las que den al exterior, de gran riesgo al haber empezado ya los bombardeos sobre la ciudad. En el recorrido ha visto las primeras trincheras y sacos terreros en las calles de Madrid. Dirá en sus memorias: “Cette nuit-là j’ai dormi dans les bras d’un homme”[35]. Se sabrá. Al día siguiente, el periodista Louis Fischer le dirá: “Eres tonta, Clara. Debías haberte acostado conmigo. Yo ahora soy un hombre libre”. Pero ella no quiere atarse. Encontró a un compañero de la escuadrilla y sucedió. Punto. Y antes de partir de nuevo hacia París, se lo contará por escrito a su marido en una carta que después, en otra visita al hotel, buscará para destruirla, pero que no encontrará.

A su vuelta de Checoeslovaquia, Malraux estará un corto tiempo con Clara en París. No hablarán de ello, el tema España y la escuadrilla es terreno minado. Pero seguirán las disensiones. Él regresa con su escuadrilla para vivir otro hecho luctuoso que también reflejará en la novela y en Sierra de Teruel: la muerte de Viezzoli. (Ver fotograma Secuencia II)
El 30 de setiembre, un avión Potez 540 pilotado por Deshuis es atacado por cazas Fiat italianos en las cercanías de Talavera, al oeste de Madrid. El piloto sale indemne, pero hay tres fallecidos: el francés Blondeau, un mecánico español y el italiano Giordano Viezzoli, miembro de Justizia e Libertá. Aparecerá, con riqueza de detalles, bajo el nombre de Marcelino Rivelli, en la Secuencia II de Sierra de Teruel, y también en La esperanza, donde narra[36]: “Tres heridos, tres muertos. Faltaba un ametrallador que bajó mucho después que los otros… Ciego… Como a Marcelino lo había matado una bala en la nuca, estaba poco ensangrentado. A pesar de la trágica fijeza de los ojos que nadie había cerrado, a pesar de la luz siniestra, la máscara era hermosa”. Y añade el comentario de una de las camareras del bar donde han llevado el cadáver: “Hace falta por lo menos una hora para que se comience a ver el alma”.
Ante el acoso franquista que se vive en Madrid, el gobierno de la República decide trasladarse a Valencia a primeros de noviembre. La escuadrilla se ha ido desplazando y ha recalado finalmente en el único aeropuerto aún republicano, en Alcalá de Henares. A las poca semanas se desplazarán a Albacete. Quede como testimonio de lo vivido en el Hotel Florida, las palabras de Mijail Koltsov[37], el fiel corresponsal de Pravda que en 1942 será fusilado en una de las purgas de Stalin:
“Aquí viven los aviadores e ingenieros de la escuadrilla internacional, que llevan deportivas camisas de seda desabrochadas, navajas y parabellums en fundas de madera colgadas al cinto. Al principio querían hacer venir a sus mujeres, no les dieron permiso; ahora ya no lo piden -las mujeres, se han encontrado en Madrid-. Por la noche suele haber escenas ruidosas con salidas precipitadas al pasillo, de modo que los periodistas y unos diputados socialistas extranjeros se quejan al director. Entre los aviadores hay hombres valientes y fieles; éstos se agrupan en torno a Guides: se les ve poco por el hotel, a menudo hacen noche en el aeródromo. Hay unos diez hombres que son indudables espías y una docena de haraganes, que intrigan escandalosamente contra André y Guides sentados a la barra del bar; Les dan carracas en vez de aparatos! i No van a acabar suicidándose en el estúpido cielo de este país de locos sólo por satisfacer el amor propio de alguien! Aquí hay antiguos gánsteres norteamericanos, transportadores de alcohol del destacamento aéreo de Al Capone, buscadores de aventuras de Indochina y un desilusionado terrorista italiano que escribe poemas”
PARA SABER +:
José, el campesino (Secuencia XII)
1.3. MADRID – ALBACETE – VALENCIA
La Escuadrilla España no acaba de encajar en la estrategia bélica de la República. La No intervención bloqueando las fronteras, la mala gestión en las compras y la falta de previsión del gobierno en la etapa previa a la sublevación, ponían en graves aprietos a la cada vez más inferior aviación republicana. Su jefe, Hidalgo de Cisneros, cita con tristeza[38]: “Llegó un día de triste recuerdo, en el que tuve que dar en singular la orden de salir al aire: que salga el caza”
En los últimos meses de 1936 la situación se ha vuelto insostenible. El avance de las tropas rebeldes ha ido copando los diversos aeródromos de la capital. Los aviones alemanes desde Ávila y los italianos desde Talavera, más los Junkers franquistas de Navalmoral de la Mata y Escalona los bombardean regularmente, así como criminalmente a la población civil de Madrid. A finales de octubre han empezado a llegar algunos aviones rusos, con sus tripulaciones y técnicos. La relevancia de la Escuadrilla España ha ido a menos debido a su anárquica colaboración y a tener gran parte de sus aparatos dañados, siendo muy difícil y costosa su sustitución. En este ambiente centralizador de las decisiones, con un importante peso de los asesores rusos, el propio jefe de la Fuerza Aérea, Hidalgo de Cisneros, se ha afiliado al Partido Comunista durante una estancia en Albacete[39], donde se está reorganizando parte del ejército, a la vez que incorporándose y agrupando nuevas brigadas internacionales. Largo Caballero y su ministro de Marina y Aire, Indalecio Prieto, están pensando ya en buscar otros puntos donde consolidarse e iniciar la recuperación del terreno perdido. El gobierno deja Madrid para instalarse en Valencia, el 6 de noviembre, y gran parte de la aviación hará lo propio. El cerco de la capital parece insostenible, y los franquistas han instalado sus baterías antiaéreas cerca del único aeropuerto que queda útil: Barajas. Paul Nothomb[40] llega a calificar el despegue de los poco maniobrables aviones como un verdadero “tiro al plato”. Es el momento en que Malraux y su escuadrilla se desplazan también temporalmente a Albacete, en plena crisis interna.

El 18 de julio, Albacete había caído en manos de los rebeldes, aunque una semana después columnas de milicianos provenientes de Alicante y Murcia la recuperaron para la República. Pronto se convirtió en un importante núcleo de reagrupamiento de fuerzas, que en el caso de la aviación se basaba en el aeropuerto de Los Llanos. No era un lugar para grandes festejos, como recuerda el brigadista Keith Scott Watson[41] : “Siempre recordaré a Albacete como una de las ciudades más desagradables de España. Como muchos cruces de vías ferroviarias no tenía carácter propio. Tenía dos industrias principales: la manufactura de cuchillos mortales y un próspero, aunque sórdido, barrio de burdeles (Alto de la Villa)”.
En la novela La esperanza, Malraux no entra en detalles de la estancia de su escuadrilla en Albacete, salvo algunas referencias pasajeras, como por ejemplo[42]:
Después de una corta parada en Valencia, entre naranjos, Magnin había dejado el Jaurès en Albacete, para que siguiera su ruta hacia Alcalá de Henares. Era el último aeródromo disponible para los republicanos en ruta hacia Madrid. Una parte de la escuadrilla se quedó en Albacete para comprobar los aparatos reparados. El otro combatió en Alcalá.
De su breve estancia en Albacete hay pocas trazas en la novela L’espoir y tampoco en el guion de Sierra de Teruel. En este, hay dos secuencias en las que hay referencias al papel jugado por los componentes de la escuadrilla: la XXIV, en la que hay una clara alusión a Paul Nothomb, hijo de una rica familia de tendencias fascistas en el personaje de Attignies, y la XXVI, en la que algunos aviadores explican el porqué de su enrolamiento. Uno llega a decir: “Yo vine porqué me aburría”. Sin embargo, la situación no era tan plácida como se plasma en dicha escena.
En la España republicana, la guerra ha enfrentado dos visiones diametralmente opuestas, no solo de cómo afrontar la contienda, sino incluso de la escala de valores que debiera regir dicho comportamiento. Tanto en lo que podríamos denominar ambiente anarquista, en el que el voluntarismo era capital, como en el próximo al rigor organizativo soviético, la figura de los mercenarios está mal vista. Y durante la primera etapa de la escuadrilla, estos han sido imprescindibles ante la premura de contratación para dar respuesta al levantamiento. Es curiosa la reacción también del bando sublevado, que ha llegado a proponer a los pilotos de la escuadrilla una recompensa para traicionarla. Pero dejemos que sea el propio Malraux quien se lo cuente a Max Aub, su conocido, y pronto amigo, durante uno de los múltiples viajes de aquel a la capital francesa en búsqueda de fondos, personal y material para continuar la lucha con su escuadrilla.
Mediante comunicado fechado el 22 de noviembre de 1936[43], el Ministerio de Asuntos Exteriores de la República, ha nombrado a Max Aub agregado cultural de la Embajada en París, en la que su amigo Luis Araquistaín es embajador desde el mes de septiembre. Malraux ha saludado al valenciano en una de sus visitas a la sede diplomática, en el 55 de la Avenue George V. Han salido al mediodía para comer en un restaurante cercano cuyo propietario es español.
—Querido amigo, ¿cómo te va?, ¿hace mucho que estás en París? —inicia Aub, después de haber pedido la obligada paella, concesión, sacrificio para quién adora el guiso valenciano original.
—Dos días. Y de paso para Checoslovaquia. Me han hablado de dos De Havilland, aunque estoy escamado de anteriores ofertas, debo ir y verlos. Ayer contacte con dos pilotos que parecen fiables y vendrían voluntarios. Si consigo los aviones, ellos mismos podrían llevarlos a Albacete, o dónde nos lleven ahora, quizá Valencia.
—¿Fiables? Intuyo que has tenido problemas con alguno de los mercenarios. Las relaciones humanas siempre son difíciles, y no te digo en tiempos de guerra. Cuéntame.
Ha llegado la ensalada, vivos colores que Aub aliña mientras el francés reflexiona sobre si debe explayarse con aquel personaje. Parece fiable, Bergamín habla bien de él, pero a saber. Malraux no está en su mejor momento. Se habla ya de trasladarlos de nuevo, pero no de vuelta a Madrid. El frente de la capital está cubierto ahora por los rusos, y en Albacete no están haciendo nada de provecho. Aún no instalados completamente, se habla ya de un nuevo traslado. En el fondo no dejará de ser un alivio, sus “muchachos” son los únicos en Albacete que no dependen del intransigente Marty, lo que refuerza su imagen de ir por libre. Ni tan siquiera se alojan en las dependencias previstas para las Brigadas, en el antiguo Cuartel de la Guardia Republicana, sino en el hotel Regina. Al menos le habrá servido para reclutar algún voluntario entre los brigadistas que allí se agrupan. Antes de salir, los últimos: Maurice Thomas, Ollier y Galloni[44]. Poca cosa. Y además está Clara. Y Josette.

Su esposa, en los breves momentos a solas en el domicilio de la rue du Bac, no cesa de reprocharle sus devaneos con otras mujeres. La generalización evita respuestas elaboradas por parte de él. No le habla directamente de Josette a la que ella menosprecia. Dice a sus amigos[45]: “André s’amuse avec la petite Clotis”. Se ven poco, él acude esporádicamente para ver a su hija Florence, y cuando sucede hay mal ambiente. Ella sigue acosándole para que deje ya su aventura militar española, lo que provoca en Malraux un cansancio que no puede permitirse (a pesar de ello veremos como aún sigue acompañándole a España de vez en cuando). La evita en lo posible, pasa más tiempo en el hotel Elysée Park, con su amante. Josette, su cuerpo, sí, pero también sus ansias, el no tener nunca bastante, utilizando el oficio de escritor como un reclamo. Le dice en una carta[46]: “Debe usted escribir, André, es indispensable, o morirá loco de no escribir. Dice usted que la tarea que se ha fijado allí está a punto de terminar. Si regresa a París, habrá cien mil personas aferradas a usted, conferencias, llamadas, peticiones de todas partes. Ha hecho todo lo que le era posible hacer en España… Es más útil escribir, no hay nada más importante que los libros”. Así, a medida que ella vaya agrandando su papel de “reposo del guerrero” se irá también gestando la que será la gran obra de André sobre la guerra civil: L’espoir.
Comen. Malraux duda en abrirse. Sus reticencias respecto a la influencia soviética en el desarrollo de la guerra, ahora reforzadas por sus encontronazos con André Marty, y la apatía con que sus quejas son acogidas por Hidalgo de Cisneros, le hacen dudar ante este escritor, que es socialista hasta la médula, pero del que desconoce su posicionamiento respecto al comunismo. Quizá con una anécdota valga. La inicia después de contemplar la paella que les ha mostrado un sonriente camarero para después depositarla en el centro de la mesa, al estilo valenciano.
—No, no son fáciles. Y yo soy muy exigente. En julio era necesario reclutar a quién fuera, pero ahora ya no. Voy desprendiéndome de los mercenarios. Además, no hay dinero y cuando las nóminas se atrasan, su rendimiento aún baja más. Y a veces no se trata solo de querer o no subirse a un avión. El otro día…
Max levanta la vista. Le encanta que aquel prestigioso escritor se abra a su interés. Incluso piensa pedirle que intervenga en el tema que ahora tiene entre manos, la Junta delegada para la expansión cultural de España. El que en ella esté un amigo común, Louis Aragon, facilitará las cosas. Pero no quiere interrumpirle. El francés, con el tenedor en la mano, sigue:
—Hace tres días eché a uno. No fue fácil. Es curioso, pero existe una especie de complicidad, de camaradería, entre los mercenarios que nunca hubiera sospechado. Incluso hubo algún intento de motín. Pero ya está, al día siguiente, Leclerc volaba ya hacia Francia.
“¿Ya está? ¿Y la historia? Esto no puede acabar sin más”.
—¿Qué había hecho el tal Leclerc para merecer la expulsión?
—Casi desde el principio, ha habido reticencias y discrepancias entre los voluntarios y los mercenarios. Algunos son buenos, excelentes pilotos o mecánicos, pero unos pocos han venido al calor de la retribución, que te digo firmemente que no merecen. Las prisas en el reclutamiento no fueron buenas. Pero desde que sabemos que la Junta Técnica de Franco ofrece 40.000 francos al piloto que pase un avión a la zona rebelde y 20.000 para quién inutilice un aparato he decidido hilar más fino[47]. Hubo un incidente en el que perdimos un avión[48], con varios muertos. Iban dos aparatos Potez: uno, el Jaurès, se partió por la mitad; el otro, incumpliendo órdenes, regresó a la base cargado con todas sus bombas. Ello, además de peligroso, era intolerable. Pero Leclerc era un personaje muy peculiar, que con su indisciplina envenenaba a los demás pilotos. Siempre quejándose, maldiciendo y además presumiendo de sus hazañas como contrabandista. No podía permitir que ello minara aún más la moral de los pocos que quedaban, así que lo llamé para ver de arreglarlo. Me insultó, a mí y a los demás. No tuve otra alternativa que rescindir el contrato. Al día siguiente lo mandé en avión de regreso a Francia, con la orden de no volver nunca más a España. Aún tuvo arrestos de decirme: “¡Volveré cuando me dé la gana!, cretino inmundo. ¿Me tomas por un sirviente?”. Lo hubiera matado allí mismo.
Aub lo mira comprensivo. Él está acostumbrado a los rifirrafes de la embajada, a las luchas entre intelectuales celosos y ambiciosos, más cuanto más mediocres, incluso a las rencillas de partido, pero aquello era la guerra; hombres que se jugaban la vida. Se jugaba el futuro de la nación. Y comprendía que no podía permitirse que ningún mercenario sin escrúpulos pudiera mermar la moral del ejército. Crecía la empatía entre los dos hombres, cada uno en su esfera, todos con la misma esperanza de un mundo mejor, ahora amenazado por el fascismo, en España, pero también en el resto del mundo.
La paella no entrará en la historia. El patrón, gallego, puede tener otras virtudes, pero no la de cocinar como los valencianos. Sin embargo, ambos han rebañado los restos. A principios de diciembre, en París, el gris es el color dominante. La fina lluvia exterior Invita a tomar un orujo antes de salir.
Malraux agita su flequillo como para pasar página. Su compañero se lleva la mano medio cerrada a la boca, para indicar al patrón que quieren dos vasitos de licor. Este pregunta con ojos picarones: ¿orujo? Max asiente con una sonrisa.
—¿Sabes?, ahora la escuadrilla se llamará Escuadrilla Malraux.
—¡Caramba! Felicidades. Te lo mereces.
—Fue idea de Nothomb[49]. Y pensar que al principio desconfié de él.
—Hoy en día no te puedes fiar de nadie. ¿Nothomb? —añade Max, por decir algo, por prolongar las confidencias.
—Sí, Paul Nothomb, un buen hombre. Llegó a Madrid en septiembre. Comunista convencido, aunque proviene de una familia rica y su padre tiene planteamientos cercanos a los nazis, según me dijo él mismo.
—Le nombré comisario político de la escuadrilla. A pesar de las reticencias del partido comunista, lo hice y no me he arrepentido. Está dispuesto a todo. Lo demostró en un lance, no hará ni tres semanas.
Traen los dos vasitos de orujo. Dan el primer sorbo y con los codos en la mesa, se disponen a seguir con el relato. Va cuajando una amistad que durará el resto de sus vidas.—Fue en la zona de Ciudad Leal —nombre republicano de la antigua Ciudad Real—. Volaban en el único Bloch que nos queda, cuando una avería en un motor les obligó a hacer un aterrizaje de emergencia. La zona era peligrosa, tierra de nadie, o de todos según se mire. Luego me contó que tuvo dudas sobre su copiloto, pensando que el incidente se debía a que quizá había cortado la válvula del combustible para provocar el aterrizaje y pasarse con el aparato al enemigo[50]. De hecho, ya en el suelo, indemnes salvo unos rasguños, vieron cómo se acercaban algunos bultos, escondidos entre la maleza, y no sabían a qué bando pertenecían. En aquel momento, el resto de la tripulación vio como Paul se lanzaba a su encuentro, con una pistola en ristre. Por suerte, eran republicanos. Pero me dijo, y estoy seguro de ello, que si llegan a ser fascistas, antes de caer prisionero hubiera descerrajado a su segundo piloto de un tiro. Un tipo peculiar.
Malraux queda mirando fijamente el vasito casi vacío. ¿Hasta dónde llega la fidelidad de un hombre a una idea? Depende, claro, de cada uno, se dice para sus adentros. Pero el empecinamiento del tal Paul, luchando contra su familia, incluso contra su partido que no se fía de él, para luchar a su manera contra el fascismo… ¿por qué se habría afiliado? Algunos, sin pruebas, insinuaban que podía ser un espía, un infiltrado. Sin embargo, sus acciones demostraban lo contrario. Era un hombre de acción, lo que el francés admiraba. Sí, no se había equivocado al nombrarle comisario político a la muerte del anterior.
Da un vistazo al reloj. Ha ido demasiado lejos. La paella, o el orujo, empiezan a ocasionarle ardor de estómago. Además, se ha prometido a sí mismo conseguir una nueva reunión con Cot. La tarea de André, intentando coordinar a los diversos fabricantes de aeroplanos, es agotadora. Se da cuenta que Francia está en retraso respecto a los aviones alemanes que se empiezan a ver en España. No será fácil, los posicionamientos políticos de los industriales están muy distanciados, desde el favorable a la República española Henry Potez, amigo del ministro, al descaradamente partidario de la extrema derecha Émile Dewoitine. Pero su amigo Jean Moulin, segundo de Cot, le ha prometido ver de hacer algo. Por hoy ya es suficiente. Además, este español que nunca ha empuñado un fusil, ¡qué va a saber de aviones! Pero no quiere despedirse dejando un mal sabor de boca.
—Bueno Max, gracias por la paella. Estaba buenísima —“miente como un bellaco”, piensa el español—. Por cierto, si puedo mañana pasaré por Gallimard. Tengo algún asunto pendiente, y quizá puedan hacerme un adelanto que me irá bien para el viaje a Praga. Les hablaré de ti. Ya sabes que tu … no sé qué Petreña me encantó[51]. Aún está lloviendo.
—Te dejo el paraguas. Yo estoy a dos pasos.
—No gracias. No sé cuándo podría devolvértelo. Mejor busco un taxi.
Se levanta y cogiendo el abrigo del perchero de la entrada, sale precipitadamente a la calle. Max y el dueño del restaurante se miran. Las prisas del francés han resultado casi cómicas. Al pagar, el escritor apuntará:
—Amadeo, cuántas veces he de decirte que abusas de la cebolla. Si es por tu morriña, vale, ponle un poco, pero nada más. ¡Ah! Y el chorizo, para el bocadillo. Soy valenciano y sufro viendo estos sacrilegios.
—Amén —cierra el restaurador, que sabe que aquel hombre volverá, no por su paella, una mera concesión al francés, sino por su pulpo. Y su ribeiro, claro.
Al día siguiente, después de una tormentosa reunión con el ministro de Asuntos Exteriores francés, Léon Delbos, en la que no conseguirá que este cambie su posición respecto a la No Intervención, André Malraux partirá hacia Checoslovaquia, donde tampoco tendrá éxito en la compra de aviones. Cuando vuelva a España, irá de inmediato a la base de La Señera, cerca de Valencia, donde encontrará lo que queda de su escuadrilla, preparándose para dar apoyo a la toma de Teruel. Por su parte, Max Aub se recriminará no haber tenido ocasión de hablarle de la Junta delegada. “Bueno —se dice—, ya lo hará Aragon algún día. Ahora tampoco hubiera estado por la labor”.
PARA SABER +:
La escuadrilla Malraux: realidad vs. ficción.
1.4. ÚLTIMA ETAPA: SIERRA DE TERUEL
Se lo había dicho Nothomb por teléfono un par de días antes, aún en París: “Vas a tener una sorpresa”. Y la ha tenido.
Al bajar del avión en Manises, André ha visto al belga y a su esposa Margot de pie delante de un lujoso coche negro, debajo de un aparatoso paraguas. Después de los abrazos de rigor, él pregunta:
—¿Y esto?
—Regalo del comité local. Ya te contaré. Anda, entra en el coche, está diluviando.

Diciembre se ha iniciado con mal tiempo. La lluvia y el viento han impedido algunas de las operaciones previstas para la cada vez más mermada escuadrilla. Se acomodan en el interior del vehículo, saludando a Galloni D’Istria que está al volante, con una sonrisa mordaz.
—¿Ahora nos dedicamos al lujo?
—Es un Packard sedan serie 12. Comprado el año pasado. Carburador Stromberg EE-14, 8 cilindros, 110 caballos. Una bestia ¡Per davvero!
El italiano entiende, habla con orgullo, como si fuera suyo.
—¿Quién nos lo ha regalado?
—No sé yo si regalar es la palabra adecuada —tercia Nothomb, algo incómodo en presencia de su esposa—. Los antiguos dueños, bueno, tuvieron un incidente.
—¿Y si lo reclaman?
—Dudo que puedan. Salieron de paseo —Galloni alude al paseo que dieron los de la CNT al matrimonio propietario—. Nosotros estamos en regla. El comité local nos lo dio con todos los papeles. Están muy orgullosos de que una escuadrilla tan prestigiosa haya recalado en La Señera. La Escuadrilla Malraux, ¡ahí es nada! —proclama sin un atisbo de ironía.
Quince minutos después de salir de Manises, por la carretera de Madrid, antes de llegar a Chiva, cogen el desvío a la izquierda para entrar en la Masía Aldamar. Malraux indica que antes quiere ir al campo de aviación, dos kilómetros más adelante, pero Nothomb le disuade visto el tiempo perro que reina en la zona.
—En casa te están esperando Guidez y Marechal. No es el palacio de Torrente, pero es suficiente.
—De acuerdo, arranca. Pero mañana a primera hora quiero ver el estado de los aviones.
Al bajar del coche, Paul toma a André por el brazo y le indica un vehículo aparcado a la izquierda: Mira, le dice. Un autocar con el lateral marcado con un enorme letrero: AVIATION MILITAIRE, ESCADRILLE ANDRÉ MALRAUX, circundando una estrella cruzada por unas alas. A su lado, un camión de fabricación rusa, con su puerta marcada: Aviation Malraux.
—Hemos marcado todos los vehículos. Que se sepa quiénes somos.
Sin dar respuesta, el escritor se dirige al interior del enorme edificio de dos plantas. Atraviesa un batiburrillo de gente hablando en voz alta, algunos en ruso, y llega a una sala donde los suyos le esperan. Es casi la hora de cenar. Le aplauden. Con una sonrisa, abre una gran bolsa que lleva consigo:
—Aujourd’hui on va bien bouffer.
Sin embargo, percibe caras largas. Guidez se le acerca y susurra al oído:
—Murió Allot[52] No te lo dijimos porqué bastante tenías en París.
Ante la cara de sorpresa e ira de Malraux, añade:
—Veníamos de Torrente, con el camión que has visto al entrar cargado hasta los topes. Él iba encaramado en la caja, resbaló y cayó de espaldas. Mortal de necesidad. Mala suerte. Lo llevaron a la masía Forriols, pero no hubo nada que hacer. Lo enterramos anteayer en Chiva. Pobre François. Si quieres mañana vamos.
André pide un minuto de silencio, entorpecido por el ruido y los gritos de la sala contigua donde están cenando los pilotos de los Moscas y Chatos rusos.
La cena transcurre con menos algarabía de la prevista. Los envases de rillette se terminan en un plis-plas. Los macarrons, ayudados por la presencia de coñac español, cierran el acto. El ahora coronel Malraux concluye:

—Muchachos, a dormir. En unos días vamos a tener mucho movimiento y debemos estar en plenas condiciones.
Lo hacen. Al dirigirse a los dormitorios, Guidez se excusa:
—No tiene el confort del dormitorio-capilla de Torrente, pero es lo que hay. Ahora dicen que quieren habilitar un hospital para Aviación en Lo Vedat. Al menos ahora tenemos cazas rusos a mano, aunque están más centrados en proteger la ciudad, en especial su puerto, que en acompañarnos en nuestras misiones. Ya verás: el aeropuerto tiene dos pistas: una norte-sur, y otra algo más larga este-oeste, unos 1.300 metros[53]. Pero no hay iluminación permanente. Solo la hay en Manises. Ni aquí, ni en Sagunto ni Llíria la hay. Pero si es preciso nos apañaremos. No sabe el experimentado piloto que ello dará pie a varios planos de la futura película, cuando buscarán en los pueblos cercanos coches para que con sus faros iluminen el despegue de dos Potez.
Pasan dos días de toma de contacto, de revisión del material restante, de prácticas de tiro. Durante este tiempo, André es informado de que a mediados de mes, la XIII Brigada Internacional llevará a cabo repetidos ataques en la zona de Teruel, para evitar que los rebeldes puedan destinar más tropas a la zona centro, donde realmente se juega el futuro de la guerra, y en el momento en que Franco ha lanzado un nuevo ataque en la zona de Boadilla del Monte. Para ello, la escuadrilla deberá dar todo el apoyo posible, con incursiones diarias de bombardeo de lugares estratégicos. A veces contarán con apoyo de los cazas rusos. Saliendo del ministerio, Malraux ha visto en la plaza España un enorme cartel recordando la necesidad de extremar las precauciones, con el enemigo a menos de 150 kilómetros, en Teruel.
Será un primer intento de conquistar Teruel, cosa que no se conseguirá hasta un año después. A los batallones internacionales Chapáyev, Henri Vuillemin y Louise Michel, se les unirá también la 22ª Brigada de Francisco Galán. A pesar de contar con artillería y el apoyo aéreo, no podrán entrar en la ciudad, y sufrirán sensibles pérdidas, viéndose forzados a finales de año a regresar a Albacete para reorganizarse. Quizá el escritor pensaba en estos lances cuando, en la secuencia III de Sierra de Teruel, menciona la brigada de Jiménez, como la que debe volar un puente en apoyo del pueblo sitiado de Linás.
Llegamos así a los días que serán cruciales, tanto para la escuadrilla como para el propio Malraux, y que tendrán un conmovedor reflejo en las escenas finales de su emblemática película.

El día de Navidad de 1936, ha sido de gran ajetreo en La Señera. Se prepara un ataque conjunto de bombarderos republicanos y de la escuadrilla Malraux, apoyados por cazas rusos, en un último intento de entrar en Teruel. Una comida algo más lucida que la habitual, con más botellas de vino y pasteles hechos en el pueblo, no han sido suficientes para distraer un día dedicado a engrasar ametralladoras, revisar motores y, también, en escribir cartas a la familia o al último enamoramiento local.Al día siguiente, 26 de diciembre, un solo avión efectúa ya una primera incursión, bombardeando la central eléctrica, lo que comprueba dando una segunda vuelta de verificación, así como verificando la potencia y ubicación de la defensa antiaérea de la capital turolense. Han vuelto sin contratiempos, al no presentarse los cazas franquistas. Incluso Raymond Maréchal ha podido hacer alguna fotografía con su inseparable cámara, desde su puesto de ametrallador.
Pero al día siguiente la situación cambia. La operación, con el buen recuerdo de la última expedición, se ha planteado con mayor ambición. Han apalabrado con los pueblos cercanos su apoyo al despegue. Saldrán dos Potez, el S y el Ñ, que serán tripulados respectivamente por Jean Darry y por Marcel Florein, con Bourgeois como segundo piloto51. André Malraux quiere ser partícipe de la hazaña, intuyendo que será una de las últimas a las que podrá tener acceso. Ha pedido ocupar el puesto de ametrallador.
Se acomoda, su mente activa empieza ya a pergeñar breves esbozos de lo que será su novela, no piensa aún en la película. Sabe que tiene más de media hora de navegación tranquila, hasta que, cuando sobrevuelen Barracas, se les unan dos Potez más de la aviación republicana. Con gran enfado, ha sabido por el responsable ruso que los cazas no estarán listos hasta dentro de unas horas. No se preocupe, monsieur, ustedes van al norte y después al este, nosotros nos dirigiremos directamente noroeste. Les protegeremos en Teruel. Durante el trayecto no nos necesitan —ha dicho con aire de suficiencia, de quién se sabe imprescindible y reconocido por las máximas autoridades, frente a un escritor venido a guerrero, que mientras sueña sus hazañas no se da cuenta de que de su armadura solo van quedando jirones.
El Potez Ñ despega sin dificultad. Instantes después lo hace el S. En su interior, a los pocos segundos, una imprecación:
—¡Demasiado peso!, ¡las bombas!
Darry, piloto de caza que se ha adaptado a los pesados Potez, se da cuenta demasiado tarde del error al cargar el aparato. Malraux se agarra como puede a la ametralladora, mientras oye rodar objetos por el interior de avión. Este se ladea peligrosamente. El piloto intenta enderezarlo, lo que provoca que pierda aún más altura. Ve unos setos que pueden, quizás, amortiguar el golpe. El gran peligro está en las bombas que lleva en su parte inferior.

El avión ha capotado. Quedará inservible durante una temporada. Uno más. De la cabina, jurando y maldiciendo, desciende la tripulación. André Malraux tiene sangre en la rodilla. Guidez y otros han acudido corriendo y esperan al lado del aparato.
—¿Y André? —preguntan a los primeros que asoman la cabeza.
—Creo que bien, al menos ha podido salir del puesto de ametrallador. Con dificultad, pero se mueve. Ahora saldrá —indica Jean Darry, con un hilo de sangre bajando por la frente.
Al poco sale el coronel, agarrándose la rodilla izquierda.
—¿Cómo estás, jefe?
—Bien, bien. Algo mareado, dolor al andar, pero bien. ¿Y el aparato?
—La cabina donde estabas es la más dañada, La hélice izquierda rota, una rueda.
—¿Las bombas?
—No se han soltado. Salgamos de aquí. Luego nos ocupamos —Guidez, el segundo de Malraux coge la iniciativa.
Entre dos cogen a André por los hombros. Cuidado, dice él al de la izquierda. Lo llevan hasta un coche, donde ya está sentado Darry. Parten hacia la masía Altamar, donde tienen la enfermería.
El Potez S ha quedado dañado. Tardarán casi un mes en repararlo. Pronto estarán listos para volar de nuevo el P y el B. Esto es todo lo que queda, junto al Ñ, que en estos momentos, junto a dos bombarderos más de la aviación republicana que despegaron de Barracas, enfila dirección oeste hacia Teruel.
Malraux no tiene nada roto. Le vendan la pierna izquierda, inmovilizando la rodilla, después de desinfectarla. Ahora está ya en el comedor, sentado ante una taza de café, la pierna extendida,
—¿Se sabe algo de Florein?
Guidez duda. Sabe que montará en cólera.
—No, creo que todo va bien. Excepto…
André lo intuye, pero deja que sea el quién lo diga. Fuera el día nublado anuncia una espera gris.
—Los Chatos aún están ahí.
El coronel arroja la taza contra la pared. Al oír el ruido, entran Pons, el administrador, y un par de pilotos.
—¿Qué pasa, jefe?
—Nos dejan solos. Hidalgo de Cisneros se queja de que vamos a nuestro aire, y son los rusos los que hacen lo que les parece, sin pensar en el resto, ¡y menos en mi escuadrilla!
Abel Guidez intenta suavizar la situación.
—Me han dicho que en media hora…
Pons, con su carácter apacible:
—Tranquilo, jefe, todo irá bien. Los Chatos son rápidos. Llegarán a tiempo. Van en línea recta. No han de dar el rodeo por Barracas. Se encontrarán todos sobre Teruel.
—¡No! ¡Intolerable! Ahora mismo llamo al Alto Mando. ¡Me van a oír!
La línea no funciona.
Malraux no quiere que sus hombres vean como pierde los estribos. Se encierra en su cuarto. Fuma compulsivamente. Mira por la ventana. Al frente, la Sierra Calderona, de moderada altura, agrisada por las nubes amenazantes. Quisiera dar un salto, poder al menos ver el Potez, regresando ya de su misión, sobrevolando el Maestrazgo. Se asoma a la puerta, grita:
–¡Que alguien me avise cuando haya línea con Valencia! —y cierra dando un portazo.
Hacia el mediodía se ha recuperado la línea. Ha llamado a Aviación, pero solo le ha atendido alguien de segunda fila. Ha colgado sin despedirse. Deciden comer algo.
Lentejas con arroz. Eso sí, naranjas no faltan. Toman café y un calvados que tenían para las grandes ocasiones, cuando un soldado acude frenético.
—Coronel, le llaman de Barracas —no sigue, tiene miedo de la reacción.
Malraux acude. A medida que va oyendo a su interlocutor, se le va ensombreciendo la cara. Aprieta con saña el auricular. Mira a Guidez, a Pons, a Nothomb y a Margot, su esposa. Ellos, en silencio, ansiosos. Se les acerca renqueando. Los mira.
—El Ñ se ha estrellado.
Un silencio preñado de desánimo.
—Eran el coronel de Barracas. Sus dos Potez han regresado. A uno lo tocaron, pero pudo aterrizar. Tres heridos. Han visto como Florein se desviaba de su ruta, posiblemente para esquivar los Heinkel que han llegado de improviso. Ha sido un combate corto. Los rusos —calla un instante para no maldecir, no le interesan ya. Los suyos… — llegaron y los ahuyentaron. Pero el Ñ no giró hacia Barracas. Se ha estrellado. Aún no saben exactamente dónde. Pons, rápido, el coche. Me voy allá.
Todos se levantan. Él corta, autoritario:
—¡No! Voy solo. O, mejor, acompáñame tú, Pons. Tendremos que hablar con las gentes del lugar.
A los cinco minutos, el Packard sale raudo, conducido por Galloni, y los dos hombres callados detrás.
Empieza aquí la parte más emotiva y emblemática de la historia que André Malraux reflejará con gran riqueza de detalles en su novela L’espoir y posteriormente en la película Sierra de Teruel.
El coche llega a Mora de Rubielos. No se han parado en Barracas. ¿Para qué?, ya les han dicho que los dos aviones suyos han regresado. La ubicación estratégica de la población la harán capital de la comarca durante el futuro asedio a Teruel, a finales del año próximo. Tiene algo parecido a un hospital en la escuela. Allá se dirigen.
—Escuadrilla Malraux. Sabemos de un avión nuestro que se ha estrellado arriba en la montaña. ¿Saben algo?, ¿pueden ayudarnos?
—Sí, han llamado desde Valdelinares. Al oír el estruendo, algunos han ido a un prado donde ha caído el aparato. Uno del pueblo regresó para telefonear. Parece que solo hay un muerto, pero varios heridos graves. Hemos preparado dos ambulancias que están a punto de salir. ¿Quieren ir con ellos?
—Les seguimos en el coche.
Malraux piensa: “solo” un muerto. ¿quién será? ¿Florein?, ¿Maréchal?, ¿el bombardero Taillefer?[54] ¿Qué será para ellos “un muerto” en plena guerra?
—Pasaremos por Linares. Si fuéramos por Alcalá de la Selva, no podríamos acercarnos fácilmente, Jabalambre es muy escarpado en esta zona. Tardaremos una media hora.
—Vamos. Deprisa —indica Pons, ante el nerviosismo de Malraux.
Han tardado 25 minutos. En Linares de Mora ya les esperan algunos lugareños. Se van arracimando en la plaza al salir de sus calles blancas y angostas, coronadas por la iglesia y las ruinas de su castillo por bonete. Miran el Packard, las dos ambulancias. No saben qué hacer.

Finalmente, uno levanta el puño. En silencio, le imitan todos. Se quedan allí, sin bajar el brazo, esperando un liderazgo que pronto asume Malraux. Este no quiere que su precario español ralentice la operación.
—Pons, diles si saben dónde está el avión, y que saben de los heridos.
Un campesino, pantalones de pana, chaleco negro y camisa blanca (sabía que venían forasteros), responde:
—En el valle. Pasado Valdelinares, en el camino a Alepuz. De dos a tres horas de camino. A lo mejor una de las ambulancias puede pasar, es camino carretero. Pero ya ha bajado un aviador con los primeros de allí que acudieron para ayudar. A los demás no pueden ellos solos.
—Y dónde está.
—En el ayuntamiento. ¿Quieren verlo?
No hace falta. Al saber de la llegada, Marcel Florein, el primer piloto, el único indemne, aparece corriendo. Sin saber que hacer, se abraza a Pons. Luego a Malraux:
—Coronel, que yo sepa, solo —“solo” de nuevo— ha muerto Belaïdí. Pero los demás están muy mal. Y en la nieve. Tenemos que ir de inmediato. La gente de Valdelinares hace lo que puede, les han subido mantas, hasta una olla con caldo, pero es difícil bajarlos. Además, está el material. El avión ha quedado destrozado, pero algunos elementos, como las ametralladoras, quizá puedan aprovecharse.
Habla atropelladamente. Jadea. André ha empezado ya a andar, sin saber bien hacia donde, pero no puede estar quieto. Le siguen los suyos y también dos docenas de habitantes del lugar. Uno, en la plaza, levanta la mano indicando el camino de Valdelinares, una pista bien trazada pero insuficiente para los vehículos. Al ver que cojea, de una casa sacan tres mulas. Malraux se sube en una y Florein en la otra. Pons les sigue a pie. Galloni sigue con los linarenses. Intentará subir algo con las ambulancias, pero a los dos kilómetros ya no les será posible[55].

Mientras tanto, en el Potez, unas mujeres han llevado mantas y una olla cubierta por un saco para los heridos. No saben qué más hacer. Han visto como el que parecía el jefe, ha discutido a voces con uno de los aviadores, con la cara destrozada, sangrando abundantemente. Le ha cogido una pistola que este llevaba en el cinto.
Florein habla más sosegadamente con Malraux, a lomos de sus mulos conducidos por dos ceñudos campesinos.
—A Raymond le he tenido que coger la pistola. Se quería suicidar. Tiene la cara destrozada. Los cristales del puesto de ametrallador clavados por todas partes, una bala en el hombro. Por fortuna al parecer no ha perdido la visión, pero ha quedado hecho un desastre.
—Con lo que él aprecia su imagen. Se acabó su alegría. Tendremos que vigilarlo unos días.
—Sí, André. No será fácil. Belaïdi murió en vuelo. Nos ametrallaban por todas partes. Yo no podía controlar el avión. Los disparos destruyeron el altímetro y la brújula. Pude superar las montañas, y al ver el llano nevado, decidí intentar aterrizar. Pero el avión ha quedado inservible.
—Eso no es lo que me preocupa ahora. ¿Y los demás?
—Taillefer herido en la pierna, lo veo mal. Posiblemente habrá que amputar. Los demás, algunas heridas de bala que no creo que sean mortales, salvo infección. Croisiaux, tiene una herida en el vientre, pero no creo que afecte al hígado. Pero siguen allá arriba y hace un frío del demonio. Están conmocionados. No sé cómo yo pude salir y llegar a Valdelinares —añade vergonzante—. Los del pueblo se portaron muy bien. Subieron unas mujeres y algún hombre enseguida. Hay una docena de hombres y unos mulos preparados, esperando instrucciones cuando lleguemos.
Atraviesan Valdelinares, un pueblucho de mala muerte, casas medio en ruinas. La guerra ha incrementado la miseria y aún temen lo peor si, intentando llegar a Morella, los fascistas pasan por allí. Se lo cuentan a Pons en los veinte minutos que han tardado en llegar al Potez Ñ.
Unas mujeres con manto negro, cubierta la cabeza, alpargatas y calcetines de lana, les reciben con cara de alivio. Malraux, ayudado, baja del mulo,
—¿Y los aviadores? —espeta a la primera que se le acerca.
—¡Aquí! —desde el interior de lo que queda del aparato, la voz de Bourgeois. Estamos dentro, hace un frío terrible. Si no fuera por esas mujeres, ya habríamos muerto.
El avión tiene la cola partida y parte del fuselaje destrozado. Las alas caídas. Por suerte habían lanzado ya las bombas en Teruel, antes de ser atacados. En la parte central, acurrucados, los aviadores, un hombre y tres mujeres que les están dando caldo. Al verlo, Pons mira a Croisiaux y, cogiéndola amablemente de la mano, indica a la mujer: A este no le de caldo, está herido en el vientre. A lo que ella responde: Yo también tengo un hijo en el frente, y si lo hirieran quisiera que también le cuidaran.
Hacen lo que pueden, indicará el belga, renunciando a la sopa. En un rincón, Maréchal, encogido, queriéndose fundir con la chatarra, escondiendo la cara.
Les han vendado como han podido. Pons, práctico, empieza a rehacer los vendajes. Malraux que ha entrado en el interior, al ver el desastre, saca la cabeza y grita a los que van llegando:
—Preparad angarillas. Venga, cada minuto cuenta. Alguno podría desangrarse.
Con algunos mantos de las mujeres y un par de capotes que alguien ha aportado, consiguen colocar a los heridos. Taillefer andará con dos fornidos campesinos como muletas.
Malraux empieza a bajar acompañando a Maréchal. Habla con él. Intenta disuadirle de la intención de suicidio que le ha contado Florein. Ha llegado más gente del lugar, algunos con mulos o asnos y un rudimentario ataúd para el fallecido. Empiezan también a cargar el material que consideran aprovechable: una hélice, una ametralladora, unos visores… Pons se ha quedado para organizarlo. Antes de partir, Maréchal le ha confiado la cámara fotográfica que nunca le abandona. Le ha dicho: Yo voy a estar mucho tiempo sin poder usarla. Deja constancia de lo que aquí está pasando, de esta gente tan generosa, callada, casi con miedo a nuestros uniformes. Espero que se dejen fotografiar. Lo harán, la mayoría levantarán el puño[56].

Ya en Mora de Rubielos, se separa la comitiva. Una de las ambulancias lleva a Taillefer y Maréchal al hospital “Pasionaria” de Valencia, en el 208 de la calle de Sagunto, más capacitado que la breve instalación en la escuela de la localidad. La otra, acompañará a los heridos a las instalaciones de La Señera, siguiendo al Packard. En ella se colocará también el ataúd con el cadáver de Jean Belaïdi. Malraux y Florein regresarán para recoger el material aprovechable del avión siniestrado.
El 29 de diciembre de 1936, todo lo que queda de la escuadrilla está reunida en el cementerio de Chiva. También muchos chivanos y chivanas, con los que el grupo ha hecho buenas migas[57]. Otros han acudido al llamado de algunas autoridades del gobierno que asisten también a los funerales, entre ellas la ministra de Sanidad, Federica Montseny.
Jean Belaïdi había intentado entrar en España desde que supo de la colaboración de árabes en el bando rebelde[58]. Hábil mecánico, siempre había querido volar. Cuando Malraux había reparado en él en Albacete, no dudó en contratarlo para la escuadrilla. De común acuerdo, se decidirá poner su nombre a uno de los Potez que quedan, el P, que veremos más adelante, en febrero, en la última operación aérea en Málaga.
El coronel Malraux, con uniforme, dice unas palabras, que finalizan así:
En el camino de regreso, pasando cerca de donde estaban las ametralladoras de los moros, en lo más profundo de la noche, solo oíamos el sonido de nuestra ambulancia. Entonces sentí que pasaba algo mucho más profundo, de mayor significado, que la muerte de nuestro querido compañero. Algo sin precedentes desde la primera batalla de la Revolución Francesa: Había empezado la primera guerra civil mundial.
Durante el sepelio, un asistente de Montseny le indica a Malraux que en el hospital se ha decidido amputar la pierna de Taillefer. ¡No!, ha exclamado el coronel, con una voz fuerte que ha hecho girarse a muchos concurrentes.
A la vuelta, habla con Guidez.
—Abel, voy a confiarte la escuadrilla. Creo que voy a ser más útil en París, o donde sea, que aquí. Es preciso internacionalizar nuestra lucha. Si siguen ahogándonos en la frontera, la guerra estará irremisiblemente perdida. Marcho a París.
—Pero André, tu presencia aquí nos da fuerzas, aglutina al grupo. Además, a pesar de los rifirrafes, tu sabes como tratar a Aviación, tú puedes hablar con Prieto en un momento dado.
—No, no es ya el momento de hablar con nadie aquí. Los rusos lo controlan todo. Fíjate como han actuado con los Chatos. Quizá Jean no estaría muerto. Quizá Raymond no estaría desfigurado. No lo sé, pero si sé que esto se acaba. Hay que hacerlo con dignidad, aprovechando hasta el final el material que nos queda. Pero yo tengo ya otra misión. Te ruego que aceptes.
—Sí, claro. En pocos días podremos disponer de los tres últimos Potez, o al menos dos. Y tripulaciones hay, a pesar de los heridos.
Pero André está ya con la cabeza en otra parte.

—Me acaban de decir que quieren amputar la pierna a Taillefer. En cuanto acabe esto me voy a Valencia y me los traigo. También a Raymond. Y luego, en dos o tres días, vendrán ambos a París conmigo. No voy a permitir que mutilen a un compañero.
Costará algún tiempo más, por el transporte de Taillefer, pero en los primeros días de enero volarán los tres a París[59]. Este salvará la vida del primero. Maréchal sobrevivirá hasta morir como resistente contra los nazis, colaborando con Malraux en Corrèze.
André Malraux ya no volverá, aunque seguirá con sus actividades promocionales de la causa republicana, como por ejemplo su presencia en un acto de la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, el 1 de febrero en La Mutualité, con el título: “Los escritores defienden la paz”, donde se avanzará en la organización del Congreso a celebrar en Valencia en verano. Las misiones de la última etapa serán dirigidas por Abel Guidez.
Reseñemos la última: la protección de los fugitivos de Málaga que, en su camino hacia Almería, eran atacados por mar y aire, a pesar de tratarse de civiles amedrentados. Me permito ofrecer un breve fragmento de Max Aub, el que será mano derecha de André Malraux durante el rodaje de Sierra de Teruel. La rica prosa del autor valenciano es la mejor imagen que podamos hallar del suceso.
En el cuento “El cojo”[60], el protagonista, un campesino que decide quedarse para ver de frenar las tropas rebeldes, contempla la comitiva que se ha venido a llamar La Desbandá:
A la mañana siguiente el Cojo subió a la carretera y se estuvo largo tiempo de pie, mirando pasar la cáfila. Venían en islotes o archipiélagos, agrupados tras una carretilla o un mulo: de pronto aquello se asemejó a un río. Pasaban, revueltos, hombres, mujeres y niños tan dispares en edades y vestimenta que llegaban a cobrar un aire uniforme. Perdían el color de su indumentaria al socaire de su expresión. Los pardos, grises, los rojos, los verdes se esfumaban tras el cansancio, el espanto, el sueño que traían retratado en las arrugas del rostro, porque en aquellas horas hasta los niños tenían cara de viejos. Los gritos, los ruidos, los discursos, las imprecaciones se fundían en la albórbola confusa de un ser gigantesco en marcha arrastrante. El Cojo se encontraba atollado sin saber que hacer, incapaz de tomar una determinación, echándolo todo a los demonios por traer tan revuelto el mundo. Los hombres de edad llevaban a los críos, las mujeres con los bártulos a la cintura andaban quebradas, las caras morenas aradas por surcos recientes, los ojos rojizos del polvo, desgreñadas, con el espanto a cuestas. Los intentos de algunos niños de jugar con las gravas depositadas en los bordes de la carretera fracasaban, derrotados implacablemente por el cansancio pasado y futuro. De pronto la sorda algarabía cesaba y se implantaba un silencio terrible. Ni los carros se atrevían a chirriar; los jacos parecían hincar la cabeza más de lo acostumbrado como si las colleras fuesen de plomo en aquellas horas. Lo sucio de los acalamones de cobre de las anteojeras empujaban los carromatos en ese último repecho; las carretillas, en cambio, tomaban descanso. Las mujeres, al llegar al hacho, rectificaban la posición de sus cargas y miraban hacia atrás. De pronto, el llanto de los mamones, despierto el uno por el otro. Una mujer intentaba seguir su camino con un bulto bajo el brazo derecho y un chico a horcajadas en su cintura mantenido por un brazo izquierdo, cien metros más allá lo tuvo que dejar; se sentó encima de su envoltorio, juntó las manos sobre la falda negra, dejó pasar un centenar de metros de aquella cadena oscura soldada por el miedo y el peso de los bártulos; echó a andar de nuevo arrastrando el crío que berreaba, […]
Los autos se abrían surcos a fuerza de bocina, la gente se apartaba con rencor. Mas ya no se corría y contestaba vociferando a los bocinazos, Por otra parte los coches se convertían en apiñados racimos que los frenaban. Alguno intentó pasar y el barullo acabó a tiros. […]
Al dar la vuelta y perder de vista el mar, la multitud se sentía más segura y aplacaba su carrera. Se veían algunos grupos tumbados en los linderos de la carretera. […]
Se oyó el motor de un avión, debía de volar muy bajo, pero no se le veía. Al ruido del motor levantaron la cabeza una veintena de hombres tumbados tras las bardas del jorfe. De pronto se le vio ir hacia el mar. El motor de la derecha ardía. Al mismo tiempo dos escuadrillas de ocho aparatos picaron hacia el lugar de la caída ametrallando al vencido. Luego cruzaron hacia Málaga. A lo lejos sonaban tiros. […]
“¡Que vienen!”. La gente se dispersó con una rapidez inaudita; en la carretera quedaron enseres, carruajes y un niño llorando.
Llegaba una escuadrilla de caza enemiga. Ametrallaban a cien metros de altura. Se veían perfectamente los tripulantes. Pasaron y se fueron. Había pocos heridos y muchos ayes, bestias muertas que se apartaban a las zanjas. El caminar continuaba bajo el terror. Una mujer se murió de repente. Los hombres válidos corrían, sin hacer caso de las súplicas. Los automóviles despertaban un odio atroz. […]
Agarrada a un poste de telégrafo, espatarrada, Rafaela sentía cómo se le desgarraban las entrañas.
—Túmbate, chiquilla, túmbate —gemía la madre, caída—. Y la Rafaela de pie, con el pañuelo mordido en la boca, estaba dando a luz. Le parecía que la partían a hachazos. El ruido de los aviones, terrible, rapidísimo y las ametralladoras y las bombas de mano: a treinta metros. Para ellos debía ser un juego acrobático. La Rafaela solo sentía los dolores del parto. Le entraron cinco proyectiles por la espalda y no lo notó. Se dio cuenta de que soltaba aquel tronco y que todo se volvía blando y fácil. Dijo “Jesús” y se desplomó, muerta en el aire todavía.
Los aviones marcharon. Había cuerpos tumbados que gemían y otros quietos y mudos; más lejos, a campo traviesa, corría una chiquilla loca. Un kilómetro más abajo el río oscuro se volvía a formar; contra él se abrían paso unas ambulancias; en sus costados se podía leer: “el pueblo sueco al pueblo español”. Hallaron muerta a la madre y oyeron los gemidos del recién nacido. Cortaron el cordón umbilical.
—¿Vive?
—Vive.
Y uno que llegaba arrastrándose con una bala en el pie izquierdo dijo:
—Yo la conocía, es Rafaela. Rafaela Pérez Montalbán; yo soy escribano. Quería que fuese chica.
Uno: —Lo es.
Estamos a 11 de febrero de 1937. El avión derribado, al que aún se ataca con saña es el Potez B. Junto con el P (con el nombre de Jean Belaïdi) han despegado del aeropuerto de Almería-Tabernas, y han estado protegiendo a los fugitivos, hasta que los Fiat italianos les han atacado. El P, pilotado por

Chauvenet y Carraz, ha sido ametrallado pero conseguirá regresar a la base. El B tiene menos suerte, y caerá en Castel de Ferro, la costa cerca de Motril. Morirá el segundo piloto, el indonesio Jan-Frédéricus Stolk, y quedaran heridos el primer piloto, el francés Guy Santès, los ametralladores franceses René Deverts, Marcel Bergeron y Paul Galloni, así como el bombardero, el belga Paul Nothomb que será quien narre el lance. Quedará indemne el mecánico francés Maurice Thomas. Será él quien vaya en busca de ayuda. Es interesante remarcar que esta será dada por el luego famoso doctor canadiense Norman Béthume, que destacará por sus avances en la transfusión de sangre que tantas vidas salvará durante la guerra. Como consecuencia de todo ello, el chófer y mecánico Paul Galloni D’Istria sí verá su pierna amputada, aunque salvará la vida.
Con esta última operación, termina la corta historia de la Escuadrilla España, posteriormente llamada Malraux. Los pocos integrantes que queden, o dejarán el servicio o se integrarán en el ejército de la República, junto con el poco material restante. En aquel momento, André Malraux está ultimando los trámites para su viaje a Estados Unidos, en compañía de Josette Clotis. Ha habido algunos retrasos por la reticencia americana a dar el visado a un famoso partidario de la República y “compañero de viaje” de los comunistas. Finalmente, lo conseguirá y partirá el 17 de febrero, desde Le Havre, a bordo del transatlántico Paris, pero esta es otra historia, u otro capítulo de la que nos llevará a Sierra de Teruel.
PARA SABER +:
Una batalla aérea: Sierra de Teruel.
Historia del Potez Ñ y Valdelinares.
La Desbandá y la Escuadrilla Malraux.
1.5. BIBLIOGRAFÍA BÁSICA DISPONIBLE:
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1.6. NOTAS:
IMÁGENES: En su mayor parte, publicadas en NOTHOMB (2001)
[1] Según MARION, Denis (1996). Le cinéma selon André Malraux. Paris, Cahiers du cinéma. Página 174.
[2] AUB, Max. (1989). “Leído en Barcelona, en 1938, en los Estudios de Montjuich…” En: AA.VV. (1989) Sierra de Teruel. Cincuenta años de esperanza. Valencia, Filmoteca de la Generalitat Valenciana. Revista de estudios históricos sobre la imagen. Nº 3. Septiembre-noviembre 1989.
[3] AUB, Max (2002). Hablo como hombre. Segorbe, Fundación Max Aub. Nº 10. Página 144
[4] CISTERÓ, Antoni. (2018). Campo de esperanza. II Edición. Barcelona, Editorial Barataria. Versión francesa: Champ d’espoir -Le roman de Sierra de Teruel. Traducción de Gérard Malgat. Baixes (Fr) Balzac Editeur. 2017.
1.1.-
[5] CHANTAL, Suzanne (1976) Un amor de André Malraux – Josette Clotis. Barcelona: Grijalbo. Pág. 80-1. Aparte de algunos encuentros furtivos, solo pudieron hacer juntos una visita a Toledo.
[6] TODD, Olivier. (2001). André Malraux, une vie. Paris, Gallimard, 2001. Página 218
[7] https://historia.nationalgeographic.com.es/a/julio-1936-vacaciones-pagadas-para-franceses_18091
[8] Clara Malraux piensa que era Numancia, aunque añade: “era demasiado bello para ser verdad”. MALRAUX, Clara (1976). La fin et le commencement (Le bruit de nos pas, V). Paris: Grasset. Página 7.
[9] Algunos historiadores no coinciden en la fecha de salida. Ver: SABER +: El vuelo de Malraux
[10] CAMPOS, Miguel I. (2022). Armas para la República. Barcelona, Crítica. Pág. 19
[11] El Sol, 22.7.1936 Página 1.
[12] LACOUTURE, Jean. (1976) Malraux, une vie dans le siècle. Paris, Ed. Du Seuil. Página 214
1.2-
[13] MALRAUX, André (1995). La esperanza. Madrid: Cátedra. Página 283
[14] Echo de Paris, 26.7.1936, página 1. Artículo de Henri de Kerillis. aviador y escritor derechista.
[15] L’Humanité, 31.7.1936. Página 2
[16] Léase el informe completo que redactó Aboal para el Ministerio de Marina y Aire: “La saga de los primeros aviones adquiridos en Francia”. En VIÑAS, Ángel (2007) La soledad de la República. Madrid. Cátedra. Página 458
[17] http://clioweb.free.fr/dossiers/salaires/salprix.htm
[18] GRELLET, Gilbert (2017) Un verano imperdonable. Madrid: Guillermo Escolar Ed. Libro imprescindible para entender la No-Intervención.
[19] VIÑAS, Ángel (2007) La soledad de la República. Madrid. Cátedra. Página 33
[20] CHANTAL, Suzanne. (1976) Página 85.
[21] En su interesantísima tesis doctoral, ÍÑIGUEZ CAMPOS, Miguel (2016) Armas vengan de donde vengan: las dificultades de abastecimiento republicanas y su viraje al mercado negro durante el primer año de guerra (julio 1936-mayo 1937). Madrid: UAM. Dirigida por Juan Carlos Pereira y Ángel Viñas. En ella afirma que Albornoz viajo de Madrid a París en el mismo avión que Malraux. No queda claro si es mera suposición, si era en vuelo regular, o si utilizó el mismo avión pilotado por Corniglion-Molinier en que el francés fue a la capital española. En cualquier caso, ello desmentiría la posibilidad de que hiciera escala en Barcelona, como se indica en otros estudios.
[22] HEIBERG, Morten y PELT, Mogens (2005). Los negocios de la guerra (Armas nazis para la República española). Barcelona: Crítica. Página 66.
[23] De hecho Warletta regresó a Madrid a finales de julio. Permítaseme el pequeño error en favor de la narración.
[24] IÑIGUEZ (2016). Página. 151 y ss. Para parte del relato.
[25] CAMPOS (2022): 65.
[26] MALRAUX, André (1995). Página 191
[27] GESALI, David y IÑIGUEZ, David (2012). La guerra aèria a Catalunya. Barcelona: Rafael Dalmau Ed. Página 63.
1.3.-
[28] THORNBERRY, Robert S. (1977). André Malraux et l’Espagne. Ginebra, Lib. Droz. Página. 44
[29] La hija de Clara y André Malraux, nacida en 1933, falleció en París en 2018.
[30] BONA, Dominique. (2010). Clara Malraux -Biographie. Paris, Grasset. Página 296
[31] HIDALGO DE CISNEROS, Ignacio (1977). Cambio de rumbo -II. Barcelona, Ed. Laia. Página 196 para González Gil, muerto en el frente de Guadarrama. Malraux evocará en La esperanza el error de que el entusiasmo lleve a gente imprescindible para la República, a dejarse matar como un soldado cualquiera. Por su parte, Núñez de Prado fue fusilado por Cabanellas, al ir a Zaragoza a negociar una paz acordada al principio del levantamiento.
[32] THORNBERRY (1977). Página 46
[33] Le Temps, Paris. 3.9.1936 Página 8
[34] https://fpabloiglesias.es/wp-content/uploads/hemeroteca/ElSocialista/1936/9-1936/8231.pdf
[35] MALRAUX, Clara (1976). La fin et le commencement. Paris, Grasset. Página 139.
[36] MALRAUX, André (1995). Página 235
[37] KOLTSOV (2010) Diario de la guerra de España. Barcelona, Destino. Página 117
1.4.-
[38] HIDALGO DE CISNEROS (1977-II). Página 206.
[39] HIDALGO DE CISNEROS (1977-II). Página 210.
[40] NOTHOMB (2001). Malraux en España. Barcelona, Edhasa. Página 23.
[41] SCOTT WATSON (2014). Rumbo hacia una España en guerra. Salamanca, Amarú Ed. Página 167.
[42] MALRAUX, André (1996) L’espoir. Paris, Gallimard. Página 329
[43] MALGAT (2007). Max Aub y Francia, o la esperanza traicionada. Sevilla, Ed. Renacimiento. Página 58
[44] LACOUTURE (1976). Página 231
[45] BONA (2010). Página 303
[46] CHANTAL (1976). Página 89
[47] SALAS LARRAZABAL (1972). La guerra de España desde el aire. Barcelona, Ariel. Página 120
[48] Basado en el relato de La esperanza. MALRAUX (1997). Página 343 y ss. Sobre el personaje del mercenario Leclerc, es curioso el comentario de Paul Nothomb (NOTHOMB (2001) página 23): “el caso de ese gánster confeso o pretendido a quién Malraux llama Leclerc en L’Espoir, que de tan gordo y redondo que estaba lo describe flaco y bilioso”. ¿Cuál era el verdadero nombre del personaje, Leclerc en la novela? En la realidad, según THORNBERRY (1977) -página 207 y ss.-, algunos de los pilotos mercenarios fueron: Bernay, Bourgeois, Darry, Heilmann y Thomas, que lo eran de aviones de caza, y Cazenave, Gensous y Hantz, de bombarderos. Véase: https://www.visorhistoria.com/la-escuadrilla-malraux-realidad-vs-ficcion/
[49] Algunas referencias pueden llevar a confusión, dados los seudónimos del autor. Por ejemplo el nombre de Julien Segnaire, que Paul Nothomb (1913-2006) utilizó a partir de un episodio oscuro de su vida, al final de la II Guerra Mundial, cuando fue arrestado y condenado por traición, aunque posteriormente rehabilitado. (https://fr.wikipedia.org/wiki/Paul_Nothomb) El episodio ha sido reflejado en el documental Trahir? dirigido por Georges Mourier (2000). También firmó artículos periodísticos con el nombre de Paul Bernier. Su perfil controvertido merece una biografía. Ver una entrevista con él en: https://www.youtube.com/watch?v=UQFpBBcioVA
[50] Suceso narrado por el propio Nothomb (en el texto, bajo el nombre de Atrier) en su novela autobiográfica El silencio del aviador. NOTHOMB (2005, páginas 111 y ss.)
[51] Vida y obra de Luis Alvarez Petreña. Fue publicada por primera vez en 1934 en España por la editorial Viamonte. En Francia, no será hasta 1959, cuando Aub logre publicar una obra suya en francés. Se tratará de Jusep Torres Campalans, en la editorial Gallimard, eso sí, gracias a las gestiones de André Malraux, a la sazón ministro del recientemente establecido Ministerio de Cultura.
1.5.-
[52] http://www.adar.es/wp-content/uploads/2019/12/2019-130-diciembre.pdf En Historias de La Señera, se indica el accidente del camión, pero el nombre del muerto no aparece en la lista más exhaustiva que conozco de los miembros de la Escuadrilla (THORNBERRY 1977, Apéndice I, páginas 277)
[53] La información más amplia en: https://www.levante-emv.com/comarcas/2011/07/24/chiva-aerodromo-guerra-13046716.html
[54] Combinando las diversas biografías (TOOD, 2001), (THORNBERRY, 1977) y (LACOUTURE, 1976), la tripulación estaba formada por los pilotos Marcel Florein y Bourgeois, los ametralladores Marcel Combébias, Georges Croisiaux y Raymond Maréchal, el bombardero Camille Taillefer y el mecánico Jean Belaïdi, En la novela, sólo Taillefer (personaje que no sale en la película) conserva su nombre original.
[55] Un camino era el que partiendo del Loreto, por el rio Valdelinares después de pasar por el Pino El Escobon y las minas llegaba a Valdelinares. En: http://linaresdemora.com/notas-historicas-sobre-linares-por-fernando-schleich/
[56] NOTHOMB (2001), página 126, apunta que ignora quién hizo las fotos, pero que tiempo después, formaban parte de la colección que Maréchal ofreció a su esposa Margot. Dado el estado de su cara, no podía ser él quien hiciera las fotografías.
[57] Muestra de ello es que hasta fecha reciente, una mujer se encargaba de depositar flores en la tumba de Belaïdi en Chiva. Ver: https://www.levante-emv.com/comunitat-valenciana/2014/01/24/anciana-cuida-chiva-tumba-aviador-12805205.html
[58] Recientemente, la cineasta egipcia Amal Ramsis, ha realizado un documental sobre los árabes que lucharon al lado de la República, unos 1.000, con especial atención a un palestino, y en el que se cita también a Jean Belaïdi como compañero de este. (“Venís de lejos” (2019))
[59] LACOUTURE, 1976. Página 235, da las declaraciones del propio Taillefer en Paris-Soir de abril de 1972. “Me la querían amputar en el hospital de Valencia. Malraux se ha negado. Me llevó a una clínica de París. Me ha salvado, más que la pierna, la vida”.
[60] AUB, Max (1994). Página 43 y ss.